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 Evangelio: Domingo 5 de Octubre de 2014

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onesimoredondo
CAMARADA CAMISA VIEJA
CAMARADA CAMISA VIEJA
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Localización : Asturias
Fecha de inscripción : 01/05/2013

MensajeTema: Evangelio: Domingo 5 de Octubre de 2014   Sáb 4 Oct - 20:05:33


XXVII Domingo del Tiempo Ordinario:




Santos del día

San Plácido
San Zacarías Sacerdote
Santa Ana Schäffer
San Félix Terracina
San Galación de Emesa
San Domnino Emesa
San Magno Milán
San Dominador de Brescia
San Fibiceo de Tréveris
San Lito de Orléans
Santa Marciana Albi
San Rómulo Berri
Santa Bertila de Chelles
San Milforte de Escocia
Santos Mártires de Tréveris
Santa Caritina de Gorgos
Santa Mamlaca de Berth
San Apolinar de Valence
Santos Mauro y Plácido
San Jerónimo de Nevers
San Meinulfo de Sajonia
San Froilán de León
San Atilano de Zamora
Santa Flora de Beaulieu
San Tranquilino Ubiarco Robles




Evangelio según San Mateo 21,33-46.

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’.

»Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».




Comentario del Evangelio por:

San Basilio (c. 330-379), monje y obispo de Cesárea en Capadocia, doctor de la Iglesia
Homilía 5 sobre el Hexaemerón, 6

Dar fruto

El Señor no cesa de comparar las almas humanas a las viñas: «Mi amigo tenía una viña en un fértil collado» (Is 5,1); «Planté una viña y la rodeé de una cerca» (Mt 21,33). Evidentemente que Jesús llama su viña a las almas humanas, que las ha cercado, como con una clausura, con la seguridad que dan sus mandamientos y la guarda que les proporcionan sus ángeles, porque «el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege» (Sl 33,8). Seguidamente plantó alrededor nuestro como una empalizada poniendo en la Iglesia «en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros» (1C 12,28). Además, por los ejemplos de los santos hombres de otros tiempos, hace elevar nuestro pensamiento sin dejar que caiga en tierra donde serían pisados. Quiere que los ardores de la caridad, como los zarcillos de una vid, nos aten a nuestro prójimo y nos hagan descansar en él. Así, manteniendo constantemente nuestra deseo hacia el cielo, nos levantaremos como vides que trepan hasta las más altas cimas.

Nos pide también que consintamos en ser escardados. Ahora bien, un alma está escardada cuando aleja de ella las preocupaciones del mundo que no son más que una carga para nuestros corazones. Así, el que aleja de sí mismo el amor carnal y esta atado a las riquezas o que tiene por detestable y menospreciable la pasión por esta miserable y falsa gloria ha sido, por decirlo así, escardado, y respira de nuevo, desembarazado ya de la carga inútil de las preocupaciones de este mundo.

Pero, para mantenernos en la misma línea de la parábola, es preciso que no produzcamos únicamente madera, es decir, que vivamos con ostentación, ni que busquemos ansiosamente la alabanza de los de fuera. Es necesario que demos fruto reservando nuestras obras para ser mostradas tan sólo al verdadero propietario de la viña.




San Plácido


En los Diálogos de san Gregorio cuando se nos describe la comunidad de Subiaco reunida en torno a san Benito, aparecen estas dos figuras que son tan distintas como complementarias.

Uno es el monje serio y concienzudo, ejemplar, el otro un muchacho de corta edad muy impulsivo. «Mauro es la paz serena», dice fray Justo Pérez de Urbel, «Plácido, la alegría que canta; el uno, el hombre de la confianza del maestro, el otro, la joya de su más tierno amor.

Los dos, iguales en la generosidad de su sacrificio, descendientes de ilustres familias romanas, lo dejan todo por seguir a Cristo». La leyenda prolongará ambas vidas atribuyéndoles hechos ajenos o fantásticos. San Mauro, a pesar de lo que se creyó durante siglos, no fue quien introdujo la regla benedictina en las Galias, pero dio su nombre a la congregación francesa de Saint-Maur, famosa por su saber.

Y san Plácido no murió mártir en Sicilia. Basta para su gloria la certeza de haber sido discípulos predilectos del santo de Nursia, de uno de cuyos milagros fueron protagonistas.

Un día san Benito pidió a Plácido que le trajera agua, al cabo de un rato vio en espíritu que un niño se estaba ahogando en el lago y entonces ordenó a Mauro que fuera a salvarle; el monje así lo hizo, obedeciendo tan ciegamente que su fe le permitió andar sobre las aguas, luego el abad y Mauro porfiaron largamente atribuyéndose el uno al otro el mérito de aquel prodigio.

La regla pide a los monjes una obediencia pronta, alegre y fervorosa, lo de «hágase su voluntad» que decimos en el padrenuestro quizá maquinalmente, tomado muy en serio, y eso es lo que ilustra la anécdota de Mauro y Plácido.



Oremos

Señor Dios todopoderoso, que nos has revelado que el amor a Dios y al prójimo es el compendio de toda tu ley, haz que, imitando la caridad de San Plácido, seamos contados un día entre los elegidos de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.






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