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 Evangelio: Miércoles 22 de Octubre de 2014

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onesimoredondo
CAMARADA CAMISA VIEJA
CAMARADA CAMISA VIEJA
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MensajeTema: Evangelio: Miércoles 22 de Octubre de 2014   Mar 21 Oct - 22:01:22



XXIX Semana del Tiempo Ordinario





Santos del día:

Santa María Salomé
San Marcos de Jerusalén
San Abercio de Hierópolis
San Felipe de Heraclea
San Malón de Rouen
San Valerio de Besancón
San Lupencio de Chalons
San Leotadio de Auch
San Moderano de Berceto
San Benito de Massérac,
Santa Nunilo de Huesca
San Donato Scoto
San Martinho
San Donato Fiseole
San Nunilo Alodia
San Juan Pablo II




Evangelio según San Lucas 12,39-48.

Jesús dijo a sus discípulos: «Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles.

»Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».




Comentario del Evangelio por:

San Juan Crisóstomo (345?-407), presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
Homilía 77 sobre san Mateo

“Estad a punto”

“Es a la hora que menos pensáis que vendrá el Hijo del hombre.” Jesús dice esto a los discípulos a fin de que no dejen de velar, que estén siempre a punto. Si les dice que vendrá cuando no lo esperarán, es porque quiere inducirlos a practicar la virtud con celo y sin tregua. Es como si les dijera: “Si la gente supiera cuando va a morir, estarían perfectamente preparados para este día”… Pero el momento del fin de nuestra vida es un secreto que escapa a cada hombre…

Por eso el Señor exige a su servidor, dos cualidades: que sea fiel, a fin de que no se atribuya nada de lo que pertenece a su señor, y que sea sensato, para administrar convenientemente todo lo que se le ha confiado. Así pues, nos son necesarias estas dos cualidades para estar a punto a la llegada del Señor… Porque mirad lo que pasa por el hecho de no conocer el día de nuestro encuentro con él: uno se dice: “Mi amo tarda en llegar”. El servidor fiel y sensato no piensa así. Desdichado, bajo pretexto de que tu Amo tarda ¿piensas que no va a venir ya? Su llegada es totalmente cierta. ¿Por qué, pues, no permaneces en tu puesto? No, el Señor no tarada en venir; su retraso no está más que en la imaginación del mal servidor.




San Abercio de Hierópolis




San Abercio de Hierópolis, obispo

En Hierópolis, ciudad de Frigia, san Abercio, obispo, discípulo de Cristo, buen Pastor, del cual se cuenta que peregrinó por diversas regiones anunciando la fe, siendo alimentado con un místico manjar.

En el siglo II, vivía en la Frigia Salutaris cierto Abercio Marcelo, que era obispo de Hierópolis. A los setenta y dos años de edad, hizo una peregrinación a Roma y al regreso, pasó por Siria, por Mesopotamia y visitó Nísibis. En todas partes encontró cristianos fervorosos, que habían sido purificados por el bautismo y se nutrían del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Cuando volvió a Frigia, se construyó un sepulcro en el que mandó colocar una inscripción en la que se relataba con términos simbólicos e ininteligibles para los no cristianos, el viaje que había hecho a Roma para «contemplar la majestad» del Pastor universal y omnividente (es decir, de Cristo).



Un hagiógrafo griego, interpretando esa inscripción a su modo, escribió una «biografía» de san Abercio. Según esa ingeniosa narración, el santo obispo convirtió con su predicación y milagros a tantas personas, que se le dio el título de «equiapostolico» (igual de los Apóstoles). Su fama llegó a oídos del emperador Marco Aurelio, quien le mandó llamar a Roma, pues su hija Lucila estaba endemoniada (de esa forma, la simbólica «reina vestida de oro», mencionada en el epitafio se convierte en la hija del emperador). San Abercio exorcizó con éxito a la joven y ordenó al demonio que trasportase desde el hipódromo romano hasta su ciudad episcopal la piedra de un altar, para emplearla en la construcción de su sepulcro. El autor de la biografía tomó algunos episodios de la vida de otros santos y presentó en el apéndice de su obra el original de la inscripción de Abercio.



Con el tiempo la inscripción en piedra cayó en el olvido, y los historiadores consideraban el contenido de la inscripción -sólo conocido por la «biografía», con la misma desconfianza que a la biografía de la que formaba parte, hasta que en 1822, el arqueólogo inglés W. M. Ramsey descubrió en Kelendres, cerca de Simula, una inscripción fechada el año 216. Era el epitafio de un tal Alejandro, Hijo de Antonio; pero los primeros y los últimos versos eran prácticamente una transcripción de los de la inscripción de Abercio. El año siguiente, Ramsey descubrió en los muros de las termas de Hierópolis otros fragmentos que completaban casi en su totalidad la parte del epitafio de Abercio que faltaba en la primera piedra, y que se podía cotejar gracias a la transcripción del biógrafo. Con esas dos inscripciones y al texto de la biografía de san Abercio, se consiguió completar una inscripción de gran valor, ya que refleja el lenguaje y las creencias cristianas de tan temprana época. Sin embargo, no todos los historiadores admitían que Abercio fuese cristiano, ya que el lenguaje que utiliza, como se verá, es muy simbólico y oscuro; interpretando los símbolos de la inscripción en forma muy subjetiva, algunos llegaban a decir que había sido un sacerdote de Cibeles o de otro culto sincretista. Finalmente, al cabo de innumerables investigaciones, se llegó a la conclusión de que el Abercio de la inscripción había sido realmente un obispo cristiano. El nombre de Abercio figura en la liturgia griega desde el siglo X; también se halla en el Martirologio Romano actual, aunque por mucho tiempo se lo tuvo por obispo de Hierápolis (sede de san Papías) en vez de Hierópolis, que es la correcta. Este último error procede de la biografía griega arriba mencionada.



Éste es el texto del epitafio, y no es menor memoria del santo leerlo precisamente en su día. Téngase presente que dos símbolos cristianos que ahora son importantes pero accesorios al símbolo central de la cruz, eran, sin embargo, dos elementos muchísimo más difundidos en los primeros siglos: la imagen de Jesús como Buen Pastor, y la palabra «pez» para referirse a Cristo o a nuestra fe, que en griego es un anagrama del anuncio cristiano; efectivamente en griego pez, ichthys, contiene el anagrama de Iesoús CHristós THeoú Yiós Soter (Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador):



Yo, ciudadano de una ciudad distinguida, hice este monumento
en vida, para tener aquí a tiempo un lugar para mi cuerpo.
Me llamo Abercio, soy discípulo del pastor casto
que apacienta sus rebaños de ovejas por montes y campos,
que tiene los ojos grandes que miran a todas partes.
Este es, pues, el que me enseñó... escrituras fieles.
El que me envió a Roma a contemplar la majestad soberana
y a ver a una reina de áurea veste y sandalias de oro.
Allí vi a un pueblo que tenía un sello resplandeciente.
Y vi la llanura de Siria y todas las ciudades, y Nísibe
después de atravesar el Eufrates; en todas partes hallé colegas,
teniendo por compañero a Pablo, en todas partes me guiaba la fe
y en todas partes me servía en comida el pez del manantial,
muy grande, puro, que cogía una virgen casta
y lo daba siempre a comer a los amigos,
teniendo un vino delicioso y dando mezcla de vino y agua con pan.
Yo, Abercio, estando presente, dicté estas cosas para que aquí se escribiesen,
a los setenta y dos años de edad.
Quien entienda estas cosas y sienta de la misma manera, ruegue por Abercio.
Nadie ponga otro túmulo sobre el mío.
De lo contrario pagará dos mil monedas de oro al tesoro romano
y mil a mi querida patria Hierópolis.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI







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