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 El Reino de Dios y la Patria Terrena. Mons. Tihamér Tóth

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onesimoredondo
CAMARADA CAMISA VIEJA
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MensajeTema: El Reino de Dios y la Patria Terrena. Mons. Tihamér Tóth   Mar 4 Nov - 21:01:52

El Reino de Dios y la Patria Terrena - Mons. Tihamér Tóth

San Mateo 23, 34-39

 Con frecuencia se echa en cara a los católicos que el afán por la patria eterna mengua el entusiasmo que debemos sentir por nuestro propio país; que la fidelidad al Reino de Dios debilita nuestro patriotismo, o, expresado de una manera más cruda, que el buen católico no puede ser buen patriota.

 En muchos casos esta afirmación brota del prejuicio y de torcidas intenciones, pero en otros casos proviene de ideas equivocadas y confusas.

 Si examinamos el ser de la Iglesia, de este Reino de Dios, saltará a la vista su carácter universal, su “catolicidad”, según la palabra griega: es decir, la Iglesia se sobrepone a los límites nacionales, a los confines de los pueblos, a todos los países y a todas las épocas.

 Mas esto no significa que el catolicismo niegue el derecho y el valor del pensamiento nacional y cultural propio, antes bien, lo aprovecha para evangelizar con más eficacia.

 Nosotros, los católicos, somos ciudadanos de dos mundos: de la tierra y del cielo. Tenemos dos patrias, una terrenal y otra celestial. Y estos dos mundos de distinta naturaleza nos plantean distintos problemas y exigen de nosotros deberes diferentes; aunque están situados en dos planos distintos, estos dos mundos muchas veces se tocan.


Junto al amor a la Patria Eterna, el amor a la Patria Terrena

 El Señor ciertamente vivió en esta tierra únicamente para extender y pregonar el reino de los cielos, y con todo, ¡cómo amaba a su propia raza y a su patria terrena!

 En la plenitud de los tiempos, según los designios eternos del Padre, la segunda Persona divina se encarnó como hijo de un pequeño pueblo, y nunca renegó de su patria ni la abandonó.

 Sólo una vez se alejó de su patria, y esto no lo hizo por propia voluntad, sino por huir del cruel Herodes. Y aun entonces se mantuvo lejos de su patria nada más que el tiempo necesario para que pasara el peligro de muerte.

 Pasó por su patria haciendo el bien (Hechos 10,38), y la fidelidad y amor que tuvo hacia ella no se menguó ni siquiera por su sabiduría divina, pues bien sabía que su pueblo sería desagradecido a su gran bondad. Conocía la suerte que le esperaba, y con todo se quedó en su patria. Aún más, lloraba sobre la ruina de su pueblo, como llora el padre sobre el hijo perdido: “¡Jerusalén! ¡Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados. ¡Cuántas veces quise recoger tus hijos, como la gallina recoge a sus pollitos bajo las alas, y tú no has querido!” (Mateo 22,37). ¡Qué dolor sentiría su corazón al pronunciar estas palabras!...

 Siempre se sintió Jesús ciudadano de su pueblo, seguía con exactitud sus costumbres y pagaba como uno más el tributo del censo (Mateo 17,26). ¡Cuántas veces se fatigó por sus conciudadanos! ¡Cuántas amargas lágrimas vertió por su obstinación!

 Y ¡qué magníficas enseñanzas nos legó sobre el verdadero amor patrio! Para Él, el patriotismo no consiste en soltar frases grandilocuentes, sino en cumplir con fidelidad los propios deberes y guardar la ley. Y ¡cómo nos orientó para librarnos, sin merma del amor verdadero a la patria, de un nacionalismo exagerado! Lo hizo cuando los miopes caudillos de Israel intentaban arrastrar al pueblo por ese camino.

 Es verdad que resumió las características de su vida y de su obra con estas palabras: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18, 36). Pero bien sabía el Señor que el camino hacia ese mundo tan distinto, pasaba a través de este mundo terreno. Nunca pronunció una sola frase contra la patria terrena y el amor que debemos profesarle, mientras ésta no se oponga a nuestro destino eterno.

 Realmente podemos afirmar que no hubo en este mundo quien quisiese tanto a su pueblo como Cristo; ni hubo quien dejase a su pueblo tan nobles ejemplos y elevadas pautas de vida.

 Los mismos criterios que Cristo tuvieron los apóstoles y los primeros cristianos sobre esta cuestión.

 Es conocido el ardoroso patriotismo de San Pablo. El que se entregó por completo al servicio de Jesucristo y del reino de Dios, estaba también dispuesto al mayor de los sacrificios por amor a su pueblo. Incluso estaría dispuesto a ser separado de Cristo —si fuese permitido desear semejante cosa— con tal de lograr que su pueblo —“mis hermanos, que son mis parientes según la carne” (Romanos 9, 3)— no se viesen separados de Jesucristo. He ahí un ejemplo del verdadero amor patrio, dispuesto al mayor de los sacrificios.

 Y el amor que los demás apóstoles tenían a su pueblo y a su raza lo demuestra el Concilio de Jerusalén del año 51. Tuvo que ser convocado precisamente porque algunos defendían con exageración las tradiciones de su pueblo, y resultaba difícil romper las estrechas prescripciones raciales y nacionales para hacer de la Iglesia una Iglesia universal, católica, por encima de pueblos y razas. No de otra manera pensaban los primeros cristianos. Su fin último y su principal deseo era el reino de Dios: el cielo, la vida eterna; pero esto no les era obstáculo para cumplir los deberes para con su patria, sobre todo teniendo en cuenta lo poco que recibían del poder estatal: persecución y sufrimiento, por lo regular.

 Y a pesar de todo, seguían el mandato de SAN PABLO: “Recomiendo que se hagan súplicas, oraciones, rogativas, acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que ejercen autoridad” (I Timoteo 2,1).

 Apenas había pasado la sangrienta persecución de Domiciano y ya el Papa SAN CLEMENTE escribía respecto de las autoridades del Estado: “Tú, Señor mío, les diste con tu fuerza ingente e indescriptible el poder para dominar, con el fin de que nosotros, reconociendo el señorío que Tú les prestaste, les obedezcamos, y no opongamos resistencia a tu voluntad; dales, Señor, salud, paz, unidad, fuerza, para que sin tropezar puedan ejercer el dominio que les fue conferido sobre la Tierra” (I Corintios 61).

 El mismo pensar se lee en las actas del martirio de San Acucio: “¿Quién se preocupa del emperador y le quiere más que los cristianos? Porque es constante e incesante nuestra oración para que tenga vida larga en la tierra, para que gobierne con mano justa sus pueblos y principalmente para que tenga una era de paz en su gobierno” (Acta Martyrum).

 Realmente los primeros cristianos no solamente pregonaban que son cosas distintas adorar a Dios y respetar el poder civil, sino que además lograron armonizar estos dos deberes.

 Con qué valor y con qué sentido de justicia preguntó TERTULIANO al procónsul Scapula: “¿Has visto algún cristiano entre los rebeldes? ¿Han sido acaso cristianos los asesinos del emperador, o más bien hombres qué poco antes de su crimen aún ofrecían sacrificios por el bienestar del mismo?”

 La Iglesia siempre alentará el noble amor patrio educando a los hombres para que sean buenos ciudadanos.

Mons. Tihamér Tóth – Venga a Nosotros Tu Reino


http://nacionalismo-catolico-juan-bautista.blogspot.mx/




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