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 RAZÓN DE LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA

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ascuas
CAMARADA CAMISA NUEVA
CAMARADA CAMISA NUEVA


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MensajeTema: RAZÓN DE LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA   Mar 16 Jun - 19:39:49

Me he topado con esta obra sobre la Inquisición Española. Me ha gustado y paso a compartirla con el que le interese.

La he resumido en dos partes,
- en la primera se analiza la polémica sobre la institución y se desmontan los tópicos sobre ella.
- la segunda trata el hecho histórico (documentalmente) del Santo Oficio, para conocerla y tratar de comprenderla.





1ª Parte:



Razón  de  la  Inquisición  Española




INTRODUCCIÓN.

No confundamos los términos “dar razón” no significa “dar la razón”, son cosas diferentes correspondientes a dos planos distintos de la actividad intelectual.
Dar o quitar la razón (a una persona o institución) emite un juicio. El que da razón de algo (sea un acto humano o un mero sujeto físico) no juzga, explica.

Aquí pretendemos esto último, comprender el hecho histórico de la Inquisición española, institución tan traída y llevada, generalmente denigrada y ultrajada con la torpe cerrazón de la que están provistos los diversos detractores de todos los tiempos.
Este es un propósito de HISTORIADOR, dar UNA EXPLICACIÓN, breve, de este suceso de la Historia española basado en los informes (documentación) de la INVESTIGACIÓN HISTÓRICA.

Abandonaremos el camino sembrado de gazmoñería y prejuicios que sólo sirve para incrementar la ignorancia, la desorientación y la discordia que tanto perjudica las inteligencias.
Como humano el autor está sujeto a emociones fruto de su sensibilidad particular pero consciente de ello no le impiden lograr la RAZONABILIDAD del fenómeno histórico, fenómeno que puede comprenderse al margen de las filias o fobias previas.
La obra no pretende alterar dichas querencias o posiciones afectivas previas sino más bien a ver históricamente con más claridad el tema planteado y lo que inicialmente se consideraba obra de hombres semidemoníacos (o semiangélicos, que de todo hay) parezca sencillamente ahora obra de HOMBRES, a secas, éste es el terreno firme para la Historia.



EL AMBIENTE DE LA POLÉMICA.
La Inquisición española, lugar de la Historia donde se citan todas las diatribas, por virulentas o fantasiosas que sean, lugar al que concurren los mayores entusiasmos para denostar o enaltecer el suceso histórico.
Tanto los que vituperan como los que alaban proclaman que hablan con la voz de la Historia. Pero enseguida se ve qué hay tras su discurso. ¿Historiadores? NO simples propagandistas doctrinarios que movilizan, para adoctrinar, ciertos materiales de la Historia, aprovechándolos parcialmente aún a costa de falsearlos.

Sabemos que la Historia puede proporcionar para todos los gustos, medias verdades que son las más solemnes de las mentiras, las más peligrosas mentiras, porque se dan falsificadas entre la verdad. Los polemistas con su pasión encendida han sembrado de confusión la Historia para contentarse con verdades a medias.

A la Inquisición española, buen tema de polémica, no le faltan elementos dramáticos: amores y odios, víctimas y verdugos, buenos y malso, pecado y santidad. ¿Acción?, la acción discurre entre recursos formidables y buena escenografía: las luchas del alma ante los poderes externos que intentan atenazarla, la salud moral de un pueblo, los movimientos de masas, las procesiones, los autos de fe, el vervor y la devoción populares.
Los personajes entran en escena rebosantes de individualidad: Torquemada, Felipe II; Bartolomé Carranza, Antonio Pérez, Francisco Sánchez de las Brozas, … Es fácil representar la comedia. Los polemistas han alzado el telón y …

Eso sí, la comedia se repite con títulos y nombres diferentes, es el signo de la propaganda. Voltaire -maestro de propagandistas- sabía que el éxito consiste en decir siempre las mismas cosas, de modo simple, pero de forma diferente.

Cuando se trata de la Inquisición los autores se plagian, con descaro, unos a otros. Los mismos personajes, idénticos lugares comunes, dichos de mil maneras, pero, cosa rara, a veces los papeles aparecen invertidos. La víctima inocente de una comedia resulta en otra un malhechor vulgar, el déspota ominoso y cruel, sediento de sangre y venganza, se torna, de pronto, en un juez misericordioso y clemente.

No es la Inquisición española sino la SOMBRA de la Inquisición la que se ha proyectado con artificio de lumintecnia por los polemistas. ¡Qué hábiles manejando las luces! Alargan las sombras, las encogen, las superpoen, inventan toda clase de efectos y ya está el juego hecho. Pero siempre que se trata de fantasmas nos topamos con sombras. El espectador, si ha sido ganado por tanta destreza aplaude ¿Se habrá dado cuenta del truco?



INQUISICIÓN Y LEYENDA NEGRA.
Trucos de luces y sombres hábilmente proyectados, con apasionado afán de granjearse adhesiones, al servicio de la propaganda política o religiosa, ésta ha sido la imagen, la sombra, de la Inquisición española durante mucho tiempo, vertida por oradores, literatos, poetas y artistas. Pronto iniciaron su tarea. Ya a mediados del XVI, Rinaldo González Montes, fraile apóstata, huído de España, publicó en Alemania unas Inquisitionis hispanicae artes, tendenciosamente editadas para sembrar el espanto y el odio hacia una religión que admitía la crueldad como nomra, que rebajaba con sus persecuciones la dignidad del hombre.
También en el XVI escribe Luis del Páramo “De origine et progressu Sanctae Inquisitionis” y el cuadro cambia, lo que para González Montes era la antesala del infierno, Páramo lo transforma en la puerta del Cielo.

Durante el XVII y XVIII se va tejiendo la Leyenda Negra Antiespañola. En esa época triunfa en Europa un estilo de “modernidad” contra la que España ha luchado. ¡Ay de los vencidos!
España vencida, debe pagar no sólo con su hacienda desecha, con sus tierras desmembradas, tiene que pagar también con su fama y la Leyenda Negra es la INJURIA que OFICIALMENTE consagrarán sus enemigos para que España pague moralmente el delito de haber propuesto al mundo otro estilo, otra modernidad, otra manera diferente de entender la vida del hombre y el orden de las sociedades europeas.

Y la Leyenda Negra todo lo ensucia y cubre la Historia. Una de sus partes es la Inquisición. ¡Qué buena pieza para la PROPAGANDA antiespañola! Y además … por entonces, los hombres reprensentativos de la Europa que triunfa son también anticatólicos.

La Inquisición les proporciona un doble objetivo: atacar a España y a la Iglesia Católica al mismo tiempo.

Serán Felipe Limborch, Pedor Bayle, Voltaire, sus amigos y corifeos, los que militan en el mismo frente y escribirán en los mismso términos sobre la Inquisición:
“Tribunal sangriento, monumento afrentoso del poder monacal, arsenal del despotismo y del dolor, antro de la venganza, … “
Pero ¿es cierto? ¡Qué importa! Nadie se molesta en comprobarlo, basta con conservar las apariencias de verdad para que sirva al torvo objetivo.
Oyendo estas cosas las gentes abominarán del pasado nefando y se entregarán, esperanzadas, a ese porvenir que se acerca, codiciosas de una felicidad que sólo parecían vedar los hombres del poder monacal y el despotismo monárquico.

Por supuesto no faltan los que vindican el nombre del Santo Oficio en ese tiempo. Se publica (1788) una “Defensa crítica de la Inquisición contra los rpincipales enemigos que la han perseguido y persiguen injustamente” su autor Rafael Melchor de Macanaz que había topado con la Inquisición en 1714 cuando el Santo Oficio condenó un escrito suyo (“Pidimento de los 55 artículos”), dándose el caso sorprendente (y muy propagandístico) de que el papel de abogado lo ejerza una “víctima” del Tribunal Inquisitorial.



POLEMISTAS, LIBERALES Y ANTILIBERALES.
Cuando se abolió el Santo Oficio surge nuevo debate, se escribe mucho y mal. La publicística del tiempo, encubiertos los autores de anonimato y seudónimos, desta una feroz campaña de violencia hostil.
Antonio Puigblanch, con La Inquisición sin máscara (Cádiz, 1811) proveerá a los detractores de datos y argumentario que tomó de escritores ultrapirenaicos.
En 1812 verá la luz en Madrid un libelo: Cornelia Bororquia, editado antes en Bayona, es un cúmulo de suciedad y engaños no exento de disparates. Es la tónica libelística corriente en la época.

Tan burda y escandalosa resultaba que a Juan Antonio Llorente le repugnaba y quiso revestirla de más dignidad y compuso la Memoria histórica sobre cuál ha sido la opinión nacional sobre la Inquisición y los Anales de la Inquisición de España.
Su propósito no era objetivo, como él mismo confiesa, sino destinado a demostrar la nulidad e insuficiencia de la violencia inquisitorial para extinguir las herejías, su injusticia y contradicción con la doctrina del divino fundador del cristianismo.
Propósito al que sirvió con fanatismo, fervor y tenacidad echando mano de todos los recursos imaginativos, sin escatimar la ficción, el error o las cuentas amañadas. Llorente no escribió para demostrar la verdad, sino sólo su verdad, la suya particular.

Y Llorente ha nutrido el conjunto de la literatura de la historia antiquiinsitorial del XIX que abrevaban en su rico venero de improperios y datos espeluznantes, aunque falsos o ficticios.
Los románticos y liberales saciaron allí su sed de emociones y se espantaron con el número de víctimas, el olor de la chamusquina de las hogueras, con tanta carne quemada y los horrores del despotismo, de la intransigencia, del fanatismo, de los odios y venganzas de los hombres, no falta, obviamente, el cuadro de inocentes acusados y de pobres viudas perseguidas.
Luego en la época del apogeo positivista había ocasión de meditar sobre los ddatos e los daños de los tiempos obscuros, obscurecidos por el influjo de una religión anticuada y uno se sobrecoge con tanto prejuicio padecido por la ciencia y el saber.
Fiel representante de esta tendencia y época es Rafael Sabatini con su Torquemada y la Inquisición española. Donde arimaría que en vano fue que la Iglesia se esforzara en reprimir el pensamiento y ahogar la ciencia, que atacando a sus fundamentos revelaba los erroees de las concepciones cósmicas e históricas sobre las que ella fundaba su teología.
Injuriará al Papa y a la Iglesia y recordará, insidiosamente, con tóna de benévola comprensión, todas las imputaciones que se hacen contra la Iglesia:
la condena de Galileo, la paradoja de la Iglesia del amor que predica la matanza de infieles al creerse poseída de la verdad exclusiva.
Etc. etc.


Más ramplonas y con menos éxito fueron otras obras del XIX como la de Julio Melgares: Los Procedimientos de la Inquisición que recogía todos los tópicos liberales y anticlericales. Para muestra un botón: “el clero inquisitorial y frailuno, que alcanzó poder inmenso y riquezas incalculables en España durante los XV-XVIII, fue un clero vicioso y fanático, sensual y avaro; clero incapacitado, por tanto, para practicar el bien y adminsitrar jusitica”.


No le falta razón al fraile autor del Duelo de la Inquisición (1814) cuando escribía: “a pesar de habese extinguido el Santo Oficio aún se respira contra su memoria, como si estuviese aún ejerciendo sus funciones. Prueba evidente del rencor y odio que se le tenía se funda en otros principios de los que se han alegado”.


Los datos de Llorente eran artículos de fe, pero afortunadamente no para todos los historiadores de su tiempo, así el padre de la historiografía moderna alemana: Leopoldo von Ranke los criticó y desconfió de ellos. Cuando las tergiversaciones de Llorente se hicieron insostenibles, la polémica anticatólica tomará vigor de nuevo con las aportaciones del publicista norteamericano Henry Charles Lea que rectificará errores de bulto de Llorente, pero con iguales o mayores prejuicios que éste.
Lea escribe con dos propósitos preconcebidos bien definidos denunciar la intransigencia fanática del catolicismo que no repara en el crimen.
De sus páginas surge un torrente de sangre inocente, martirizada por un tribunal oprobioso. Al comentar su Historia de la Inquisición de España el conocido historiador protestante alemán, C Haebller dice que “la obra de Lea se encamina a echar en cara a la Inquisición el más voluminoso registro de crímenes que sea posible, pero como ya no podían mantenerse en la forma acostumbrada hasta el presente todos los reproches de crueldad, ansia de persecución y opresión de la inteligencia se acumulan otra serie de pequeñas incidencias para ratificar aquellos puntos de vista … con el objeto de representar la imagen de la Inquisicón de la forma más repugnante posible”.


Lea estaba convencido de que todos los prejuicios antiisraelitas entre los pueblos civilizados modernos tenían un único responsable: la Iglesia Católica. A denunciar esta responsabilidad dirigió su copiosísima obra, obra gigantesca e inútil para la Historia pero un buen depósito para los discutidores de oficio que respostan noticias y razones en pro de sus prejuicios.


Tampoco en el XX han faltado los seudohistoriadores quen continúan la línea de Llorente, Sabatini o Lea. Generalmente con menos garbo que los maestros.
Th Hope publicaba librejos como Torquemada, el azote de los judíos que desconociendo las noticias aportadas por la Historia objetiva de las últimas décadas, repite los ecos, ya tan oídos, de sus mentores.
La obra de Sabatini aún se reedita y vende en 1927, 1937 …) siempre hay lectores fáciles para los novelones truculentos. Pero la historia de los polemistas sin historia se ha degradado hasta el punto de no servir ya de pasto más que a lectores gustosos de folletines chabacanos.



DEFENSORES DEL SANTO OFICIO Y LOS QUE QUIEREN IGNORARLO.
Como todo ataque provoca una reacción, una defensa, la ofensiva liberal generó una no menos tenaz y encendida defensa de la Inquisición española.
A la publicística antiinquisotorial de las Cortes de Cádiz se oponen las Cartas Críticas del P. Francisco Alvarado (El Filósofo Rancio, 1824) con múltiples elogios a la institución y duelo por su “extinción”, escritos apologéticos de españoles y foráneos como José de Maistre (y sus Cartas a un gentilhombre ruso sobre la Inquisición española).
Esta actitud defensiva reivindica los ultrajes que se propagan contra el Santo Oficio y no replican a la injuria con la injuria. Tratan de justificar el Tribunal y de abogar por su conservación histórica, identificando Inquisición con Religión.

El peligro de tal identificación no pasaría desapercibido.

José Hefele (1844, El Cardenal Cisneros y la Iglesia española del XV) subraya el carácter laico de la institución, no era un tribunal eclesiástico ni un órgano de la Iglesia universal sino una institución estatal en que ni la Iglesia ni la Religión tienen que verse implicadas en las estimaciones históricas que merezca el discutido tribunal. Todos los errores y defectos se imputarán al Estado español.
Esta distinción no agrada a muchos apologistas españoles como Ortí y Lara que considera la Inquisición una obra maestra de la sabiduría de los pontífices y reyes, inspirados por el mismo Cielo atribuyendo al Santo Oficio la gloria de todos los éxitos hispanos.

Menéndez Pelayo pone el punto final a la línea polémica de los católicos y pone las bases para una mejor comprensión de la Historia de la Inquisición.
Desde Menéndez Pelayo los defensores del Santo Oficio abandonan el terreno de las discusiones bizantinas para ir al DATO OBJETIVO, a la crítica histórica y evidenciar los FRAUDES de los adversarios.

Es curioso que, aún hoy, muchas diatribas antiinquisitoriales provengan de católicos extranjeros. Quieren desembarazarse de ella con el pretexto de que el Santo Oficio no es una consecuencia recta y necesaria de los principios que informan el catolicismo sino una invención del obscurantismo español por lo que denuestan al Tribunal.
Es decir, la Inquisición hace daño a la propaganda católica y es más práctico arrebatar al enemigo ese caballo de batalla declarando que es producto del obscurantismo español. Así defienden la religión pero atacan a España lo que no es mal recibido en medios foráneos.
Así matan dos pájaros de un tiro, como L. Cristiani para quien la Reforma católica choca, en el XVI, con un principio opuesto la Contrarreforma que pretendió la paralización del pensamiento católico consecutiva al terror a la herejía.

Evidentemente la Religión no tiene que cargarse con la responsabilidad particular de una institución religiosa, pero mejor que inventarse una Contrarreforma a la medida de la Inquisición, distinta de la verdadera reforma católica sería comprender el Tribunal español en el ambiente espiritual y social de su tiempo.
Mejor que presentar una página de obscurantismo es más honesto, más serio reconocer los excesos y errores que puedan ocurrir en el desenvolvimiento de ciertas instituciones humanas de esa verdadera Reforma católica del XVI de la que participan tanto la Inquisición Española como el Concilio de Trento, muy celebrado, como debe ser, por Cristiani ya que fue piedra angular de la Reforma católica y que se debió, precisamente, a la participación directa de muchos inquisidores españoles.
No se explica porqué Cristiani no coloca a Paulo IV en la misma línea “contrarreformista” al menos que a la Inquisición española ¿Tal vez porque el antiespañolismo de dicho Papa le hace más simpático?

Hay grandes dificultades para conciliar actitudes de los mismos hombres que llegaran a resultar contradictorias porque se inscriben en ambas tendencias opuestas salvo que la oposición sea una invención a la medida de las conveniencias de los autores del momento.
Así para encontrar ejemplos de tendencias de “paralización del pensamiento católico en el XVI ” Cristiani no tenía que molestarse en pasar los Pirineos para echar mano, precisamente, de la Inquisición española. Podía haberse quedado en Francia desde donde escribe y recordar las listas prohibitorias de libros de la Soborna, mucho más copiosa e intransigente, aunque menos eficaces que las de la Inquisición. Algo que Cristiani reconoce, de pasada y sin darle importancia en otra página de su obra.

¿Hay que insistir en la poca fiabilidad de los escritos polémicos para comprender la verdad?
¿Hay que advertir los peligros de error a que inducen las generalizaciones históricas como la estimación en bloque de la Inquisición?
¿Los que atacan, los que defienden, los que quieren desembarazarse de ella, cualquiera que sea su buena o mala intención, no son escamoteadores de la verdad?



¿ES POSIBLE COMPRENDER LA INQUISICIÓN SIN POLÉMICAS?
En el XVIII cuando la institución aún estaba vigente un grupo de hombres se propuso desacreditarla para conseguir abolirla. Como dice un contemporáneo se desató una tempestad seguida de truenos, rayos y centellas contra el tribunal. Pero abolido el Santo Oficio no dejaron en paz su recuerdo.
Los liberales decimonónicos, herederos de legado de diatribas anteriores continuaron clamando de forma injusta a veces, otra calumniosa, pero pocas veces veraces.

La Inquisición parece banderín para la propaganda que aún se airea contra España o contra la Iglesia Católica. Los defensores no siempre estuvieron libres de exageraciones, aceptaban la lucha en el terreno que les planteaban los adversarios, sin fijarse en si estaba adecuadamente planteada. La iniciativa correspondía a los atacantes.

Así la Inquisición fue discutida, zarandeada, pero ¿Qué se sabía de la Inquisición? ¿Qué pruebas documentales había?
Ciertamente los documentos son numerosos, no escasean los archivos ni las fuentes históricas para estudiarla, al contrario, son abundantísimas y muy completas. Pero tampoco en el XIX se hizo uso de ellas, se remitían a la documentación exhibida por Llorente, varios cientos de documentos.

Sólo el Archivo Histórico Nacional de Madrid conserva varios miles de legajos. Así pues, se discutía sobre lo que se ignoraba. Únicamente la intención subjetiva al servicio de una doctrina movía el ánimo de los polemistas y discutidores.




LOS FONDOS DOCUMENTALES TIENEN AHORA LA PALABRA.
Hartos de tanta palabra huera algunos investigadores, católicos y protestantes principalmente, se dirigieron, por fin, a los archivos. Hay numerosísimos documentos procesales completos, un número casi infinito de expedientes, memoriales, informaciones, libros de pleitos, cartas, correspondencias oficiales y oficiosas, privadas y públicas. Allí están los nombramientos de los inquisidores y de todos los empleados -laicos o eclesiásticos- de la Inquisición.
Están los libros de hacienda y de cuentas bien detallados, los informes médicos, las relaciones de los alimentos y medicinas, los informes diplomáticos, …

Por la riqueza documental que se conserva de la Inquisición española es una de las instituciones históricas que mejor puede ser conocida, basta estudiar los fondos archivísticos.
Además la documentación ofrece una doble ventaja:
- absoluta sinceridad, son papeles secretos que ahora se muestran en todo su realismo, y
- gran minuciosidad de detalles que permiten conocer la vida del sujeto histórico en sus más pequeños detalles.

En vez de discutir sin pruebas o con unos pocos testimonios originales, los historiadores modernos prefieren exhumar los papeles que encierran la huella directa de la Inquisición.



LOS SENTIMIENTOS PUEDEN ENGAÑAR.
Hoy se conoce documentalmente la Inquisición, mucho mejor que en el XIX y pese a que todo el testimonio documental no está visto, ni siquiera explorado, se ha señalado el camino de la investigación y algunos campos acotados se han trabajado bien. Se ha dado un paso primordial para conocer, y por tanto, comprender la Inquisición.

Pero no es suficiente, si a la documentación extensísima nos acercamos para pedir pruebas que avalen nuestros prejuicios o sentimientos subjetivos, poco bueno podrían obtenerse. Si lo que interesa es condenar, o absolver, al Santo Oficion nada tiene que hacer la Historia en dicho juicio y el que así lo haga será un juez bastante menos sereno que los inquisitiorales de los que se hace cuestión.

Para comprender la Inquisición hay que deponer el ánimo polémico y percatarse que la institución no es, en sí misma, ni buena ni mala. No es una institución de derecho divino, sino HUMANA, por tanto, imperfecta. Para comprender la Inquisición española no debemos olvidar que los abusos e imperfecciones son propias de toda institución humana, con sus defectos y equivocaciones.

Aunque hoy no nos agrade, incluso repugne, la Inquisición fue RECLAMADA y ADMITIDA por la sociedad de su tiempo, si a nosotros nos displace que hombres de otras épocas difirieran de los modos actuales de pensamiento y vida pues quedémonos con nuestros gustos, no se trata de hacer estimaciones comparativas.
Si estamos absolutamente satisfechos de nosotros mismos y de nuestro tiempo, podemos continuar disfrutando de nuestra satisfacción. La Inquisición no nos perturbará.
¿Que añoramos ahora las normas de vida de entonces? Conservemos tales añoranzas no obstruyen el examen del pasado.

Para explicar y entender la Inquisición española basta un poco de Historia y un poco de voluntad, aquélla acercará hasta nosotros la verdad de lo que el pasado fue, ésta nos evitará dejarnos dominar por nuestros sentimientos.



LOS TÓPICOS O LUGARES COMUNES.
Para iniciar el camino pedimos abandonar no las simpatías de cada uno, sino la enojosa carga de los lugares comunes. Lugares comunes que son el abecé de los engaños de que se nutre la credulidad de las gentes.

Tal vez la mejor introducción por los ámbitos inquisitoriales sea la proporcionada por Alfonso Junco: “lector, el autor te invita, cualquiera que sea tu credo, a no ser crédulo. Te invita, cualquiera que sea la configuración de tu cabeza a no dejarte tomar el pelo”.
Veámos los tópicos más manidos:


CONCIENCIAS VIOLENTADAS E INTOLERANCIA.
La Inquisición forzaba las conciencias obligando a la gente a hacerse católica.

La verdad histórica es que la jurisdicción del Santo Oficio solo incumbía a los católicos bautizados para que no apostataran. Se perseguía la herejía, la “herética pravedad” es decir la TRAICIÓN a la fe declarada, la apostasía, no la profesión de una fe diferente a la católica.
Los documentos dicen que se hacía “inquisición (investigación) sobre los delitos de herética pravedad y apostasía.
No se procedía, no podía procederse, contra los nativos americanos, ni contra protestantes, ni judíos (salvo que hicieran apología de sus credos que arrastraran católicos a la prevaricación).

Por ejemplo en 1569 al establecerse la Inquisición en América su Instrucción nº 36 dispone: “Item, se os advierte que por virtud de vuestros poderes no habéis de proceder contra los indios de dicho nuestro distrito … es nuestra voluntad que solo uséis dellos contra los cristianos viejos y sus descendientes y las otras personas contra quienes en estos reinos de España se suele proceder; y en los casos que conociéredes iréis con toda templanza y suavidad y con mucha consideración ...”

Es estatuto de los protestantes extranjeros quedó definitivamente fijado en los capítulos de 162 “los que se halle en tránsito por España no serán molestados bajo ningún pretexto, no dando escándalo”

De ningún modo se obligaba a los extranjeros a entrar en las iglesias, ni hacer reverencia en la calle al Santísimo Sacramento y se les permitía, para su uso personal, disponer de cualquier libro, aún los que destruyan los fundamentos mismos de la religión católica y promuevan la herejía.

NO es cierto que el Santo Oficio castigara a judíos y moros, porque su fin era perseguir FALSOS CONVERSOS, (marranos o moriscos, es decir a Cristianos nuevos que juidaizaban en secreto aunque públicamente lucían como cristianos) respetando a los que conservaban sus tradiciones abiertamente sin falsa conversión.


INTOLERANCIA RELIGIOSA.
Los que dicen tal cosa no recuerdan, o no quieren recordar, que la España medieval (hasta el XIV) es un país ejemplar en que conviven tres religiones (católica, judía y musulmana) en la misma sociedad.
La tolerancia medieval es una CONVIVENCIA con otras religiones, NO una carta blanca para la APOSTASÍA, que en España, como en muchos otros pueblos cristianos era castigada desde el XII.

Tampoco se quiere recordar que en el XV y gran parte del XVI (cuando se pone en marcha la Inquisición y tiene su apogeo) no hay en NINGÚN PAÍS DE EUROPA tolerancia religiosa de ningún tipo.
Según Meéndez Pelayo en el XVI “todo el mundo creía y todos eran intolerantes”.
Católicoos y protestantes son intolerantes (Férrea dictadura de Calvino o Isabel I de Inglaterra) y por la intransigencia generalizada hay guerras de religión, y son esas guerras civiles las que hacen nacer en cada nación cierto espíritu de tolerancia, de convivencia (Francia finales del XVI, Inglaterra mediados del XVII, Alemania, etc.) pero en España NO hubo guerras de religión, en gran parte gracias a la labor eficaz de la Inquisición.


HORRIBLES TORMENTOS.
La Inquisicón aplicaba tormentos horribles.

Cierto, pero también lo es que no eran menos horribles los tormentos que aplicaban los demás tribunales civiles de su tiempo en toda Europa.
Tortura y muerte en la hoguera eran, desgraciadamente, cotidianos en los sistemas procesales y penales vigentes en la Europa de la época. Pedir que la Inquisición se sustrajera a su tiempo es pedir un anacronismo.
Los tribunales del XV al XVIII empleaban, en el mundo de Occidente entero, el tomento como medio de prueba. Muchos tribunales civiles tenían en uso tormentos sangrientos (garfios, fuego, etc.)

La Inquisición aceptó los métodos estándar de su tiempo pero al ser un nuevo tribunal HUMANIZÓ los mismos pues PROHIBIÓ los que provocaban derramamiento de sangre, producían mutilaciones o daños físicos perdurables.
Consintió ciertas torturas que causaban dolor agudo pero momentáneo sin secuelas graves.
Lo que dice la Historia, la documentación de los cientos de procesos investigados, es que la Inquisición usó tres clases de torturas, ni una más:
- cordel, consistía en oprimir los brazos con anillos (torniquetes) que se apretaban más y más.
- agua (muy ocasionalmente combinada con potro) al reo sujeto de pies y manos se le vertía agua en un lienzo aplicado a la garganta provocándole una violenta sensación de ahogo.
- garrucha, aplicada en muy pocos casos. Llamada también izamiento, se suspendía al reo en alto por los brazos y se le dejaba caer de golpe hasta casi el suelo.

Y hay que precisar:
- no se le aplicaba tormento a todos los procesados. En los diez primeros años de Inquisición no hay ni un solo caso conocido de tortura.
- la tortura fue un último recurso de prueba si el examen oral era insuficiente y solamente se usó en contadas excepciones.

Precisamente por ser un tribunal nuevo pudo no asumir las costumbres de la época y presentó ciertas novedades humanitarias en el uso de la tortura procesal en relación a los coétaneos tribunales civiles, así se prohíbe:
· la repetición de la prueba aflictiva.
· se requiere una declaración médica que certifique la salud y tolerancia física del reo a la prueba.
· se obliga a todos los jueces a presenciar el acto de tortura.

Sobre el tormento dice la Instrucción 48 de Valdés: “el tomento … por la diversidad de las fuerzas corporales y ánimos de los hombres, los derechos lo reputan por frágil y peligroso, y en que no se rpuede dar regla cierta más de que se debe remitir a la conciencia y arbitrio de los jueces, regulando según derecho, razón y buena conciencia”.

Y en la Instrucción 49 se manda que: “el reo sea advertido particularmente de las cosas sobre que es puesto a cuestión de tormetno” y “que la asistencia de tormento sea justificada y procediendo legítimos indicios”.

Con razón el investigador protestante alemán, Schäfer, compara, ventajosamente, en esto del tormento a la Inquisición respecto de los tribunales ordinarios de Alemania en el XVI.

Th Thorpe (detractor de la Inquisicón) se ve obligado a declara que la crueldad e inhumanidad de los métodos inquisitoriales solamente lo son para la mentalidad de los hombres del XX y que sus condenas a la hoguera, o el uso de tortura, no llaman la atención de ninguna forma en el XV … durante el mismo período, la condena por alta traición
- en Francia es hervir vivo al acusado,
- en Inglaterra por igual crimen un hombre es mutilado, colgado, descuartizado por caballos, y su cuerpo, aún vivo, cortado en pedazos, condenas que siguieron imponiéndose aún en pleno XVIII.
- la última bruja es quemada viva aún en el XIX.

Juzgar la Inquisición medieval (u otra obra o institución) con normas o criterios del XXI es además de injusto un síntoma de ceguera y estupidez. Podemos pensar que en un futuro nuestro propio sistema penal actual parecerá tan inhumano y bárbaro a los historiadores del futuro como el inquisitorial a nosotros (y no entramos en casos como presos de Guantánamo, o que los humanitarios y tolerantes británicos aún a inicios del XX seguían asesinando a un irlandés por el delito de tener una gallina, eso sí, sólo si era católico).


CÁRCELES INQUISITORIALES.
Mucho se ha mentido sobre ello. Hasta el punto que el fabulador y enemigo mortal de la Inquisición Llorente tuvo que rectificar y reconocer que: “eran buenas piezas, altas, sobre bóvedas, co luz, secas y capaces de andar algo”

Hoy se conocen bien por los estudios monográficos que abarcan el régimen penitencial de la Inquisición. Había celdas individuales o plurales, los penados tenían cama, sábanas, mantas, almohadas, etc. En las celdas había alguna silla, incluso mesa. Se facilitaba el recado de escribir.
El médico visitaba regularmente las cárceles.
En los libros de raciones figuran, minuciosamente anotados, los manjares servidos a los presos y su coste. Los presos podían regular su ración a gusto (si no excedía el coste normal). Ordinariamente tomaban pan, vino, carne y leche. Amigos y familiares podían facilitarles alimentación extra.
Hay pruebas fehacientes de que las quejas promovidas por los presos eran atendidas, en ocasiones contra los alcaides que descuidaban la comida de los presos.


MATANZAS EN MASA.
Llorente, el enemigo de la Inquisicón presenta cuentas amañadas, sin el más ligero fundamento.
En un apéndice de sus Anales, para los primeros 25 años de acción inquisitorial da las siguientes cifras: 13.460 quemados en persona, 7.980 en estatua, 141.011 penitenciados.
En su Historia Crítica … repite y amplía ese cómputo extendiéndolo a toda la exitencia de la Inquisición, más exactamente al período de 348 años (1481 a 1808) con unas cifras totales de: 31.912, 17.759 y 291.450 respectivametne.
Y es en estas cifras en que se apoya la Leyenda de Sangre con que se ha teñido en el XIX el recuerdo de la Inquisicón. Pero ¿Son ciertas?

Ante este imaginario cómputo habría que calcular el número real de condenados. Lamentable algo imposible. De las primeras actuaciones (probablemente las más rigurosas) no hay documentación total para hacer el cómputo definitivo. Sólo caben conjeturas.

El protestante alemán Schäfer califica de ridículos los datos anteriores y calcula que para los protestantes un cómputo adecuado sería: 220 sufrieron pena capital (12 quemados vivos) se conocen algunos casos particulares, no se puede decir más (con base documental, histórica).

Aunque no podemos dar la cifra real exacta sí podemos desmantelar las triquiñuelas de los cálculos de Llorente (en que se basan la mayoría de detractores de la Inquisición):
Para computar los primeros 28 años, Llorente dice apoyarse en un texto de Mariana, otro de Bernáldez y en una inscripción de Sevilla.
Veamos. Junco y otros demostraron que el texto de Mariana está falsificado, igual que el de Bernáldez. Para colmo la inscripción de Sevilla es insegura.
En el dilatado período de 1524 a 1744 (más de dos siglos abarcando un Imperio en que no se ponía el sol, de Madrid a Singapur, pasando por Filipinas, Cuba, Sudamérica, Norte Europa, Nápoles, Sicilia, etc. etc.) incluye 17.546 condenas a muerte de las que Llorente no aporta prueba alguna.
En todo momento sus cifras carecen de base, y las únicas que dan son falsificadas.

Junco y otros investigadores concluyen: “el fraude, la arbitrariedad, el absurdo capricho, presiden toda esta hidrópica contabilidad de víctimas ilusorias. Disponiendo Llorente de copiosísimos archivos inquisitoriales, pudo y DEBIÓ atenerse a los documentos, y debió llenar con suposuciones ÚNICAMENTE las lagunas. Pero hizo lo contrario, obviar la documentación y entregarse a antojos delirantes. Como sacó 31.904 muertos pudo sacar el triple o la décima parte, sus números serían igualmente caprichosos, deleznables y nulos … tomar en cuenta esas cifras, aún con grandes rebajas y como simple referencia estimativa sería ponerse en ridículo”.


OPRESIÓN DEL PENSAMIENTO:
La Inquisicón ahogaba el pensamiento.
Desde que se estableció la Inquisición cesó la producción literaria.

Afirmaciones como esas se recogen en las Cortes de Cádiz. Tamaños disparates han dado paso a otro sofisma que esgrimen los panageristas cuando aseguran que en el tiempo del Siglo de Oro de la literatura española mal puede hablarse de opresión del pensamiento.

Conviene distinguir. Si por ahogar el pensamiento se entiende que en España se dejara de escribir, es palmaria la falsedad. En España en la época inquisitorial se escribió más y mejor que en cualquier otra.
Las alusiones a centenares de sabios perseguidos eran frencuentes en tiempos pasados, es pura quimera.
La lista de 118 hombres de letras castigados por el Santo Oficio de Llorente es otra fantasía más de las suyas. Llorente cita ente esos sabios a Mariana, Bartolomé de las Casas, doctor Balboa, y a otros que nada tuvieron que ver con la Inquisicón. Cita a Juan de Ávila y fray José de Sigüenza que aunque procesados fueron absueltos enseguida.
Entre los sabios de Llorente perseguidos alguno hay que murió antes de haber Inquisición como Sánchez Bercial, etc.

Ahora bien la realidad de una fecunda producción literaria no significa que la vigilancia inquisitorial no cortara las alas de la originalidad y de la ventura del pensamiento. La censura nunca es propicia a la novedad creadora.
Pero la función de la Inquisicón NO era oprimir el pensamiento, sólo el HETERODOXO como dice Menéndez Pelayo.
¿Había peligro de extralimitaciones, exceso de celo que crearía un clima difícil, enrarecido?
La suspicacia y la persecución contra los que no seguían las opiniones corrientes, ÚNICAMENTE en materia religiosa o teológica se acumulan desde el XVI.
Un ejemplo típico es a mediados de ese siglo cuando Martín Martínez de Cantalapiedra se queja de la encarnizada oposición de los toscos y hoscos misoneístas de Salamanca contra el santo espíritu de renovación y crítica bíblica que defendían él, Grajal y fray Luis de León hebraistas acusados de judaísmo por su ascendencia hebrea.

La aprobación tridentina de la Vulgata no impedía que fueran examinados críticamente los diversos manuscritos del texto de San Jerónimo, ni el Concilio pretendía extinguir la crítica bíblica dentro de la Iglesia según el espíritu científico. Cantalapiedra, Grajal y fray Luis fueron procesados los tres aunque absueltos. Y si añadimos los casos del biblista de Osuna, fray Alonso Gudiel y Francisco Sánchez de las Brozas puede decirse que son todos los casos de hombres de ciencia con los que se enfrentó la Inquisición, aunque lamentables son muy pocos casos y más que la Inquisición es deplorable la bajeza de las pasiones humanas que mezclaron al Santo Oficio en asuntos de vanidad y rivalidad personal-científica.

Martínez Cantalapiedra poco antes de iniciarse su proceso escribía al obispo de Plasencia: “los tiempos andan peligrosos; cierto sería mejor andar al seguro y sapere ad sobrievtatem” Pero declaraciones de este tipo eran frecuentes en aquel tiempo, y no solo en España.
Luis Vives en los Países Bajos refiriéndose al ambiente intelectual de Europa también escribió: “vivmos tiempos tan difíciles que no podemos hablar ni callar sin peligro”, era un fenómeno de toda Europa consecuencia del suspicaz recelo derivado de la revolución religiosa del XVI.

Por tanto no hay que sacar conclusiones precipitadas sino queremos caer en exageración.
La vigilancia inquisitorial se circunscribía, en el orden intelectual, a los aspectos únicamente religiosos. No siendo obstáculo para la mística pese al pánico que el Santo Oficio tenía por los “alumbrados” pero no impidió ni paralizó la floración mística española de finales del XVI, la flor más delicada, (y vigilada), por el Santo Oficio.
Cierto que el celo inquisitorial creó alguna pequeña dificultad a la publicación de los escritos de los místicos, generalmente mandando enmendar algún pasaje obscuro para que no se maliterpretase. Y nada más.
Y el celo inquisitorial no parece injustificado, el afán místico sin sujección a disciplina cae, fácil, en aberración. Algo común en los “alumbrados”. La vigilancia inquisitorial obligó a los místicos a medir con cuidado sus palabras, así el Santo Oficio más que traba fue favorecedor de la jproducción mística española a la que afinó y contribuyó a que alcanzara valor universal.


PROHIBICIÓN DE LIBROS.
Esta acusación remitida al Santo Oficio no fue invento suyo, era otra práctica corriente en la época.
La Universidad parisiense de La Sorbona había ejercitado bien esa función, y el primer índice de libros prohibidos lo preparó la Universidad de Lovaina (1546) y sobre éste creó la Inquisición española el suyo (1551).
En 1558 se publicó el primer Índice Romano.
Y no faltaron timoratos que pedían prohibir todos los libros espirituales y comentarios a la Biblia (fray Alonso Girón, 1601) pero la Inquisición no se dejó arrastrar por esas tendencias. Consultó a la Universidad de Salamanca y respondió que los libros espirituales y sermonales no deberían prohibirse, antes convenía que hubiera muchos en romance y se permitieran correr.

El Índice de Valdés (1559) el más riguroso de los publicados por la Inquisición española fue bastante más benévolo que el romano de Paulo IV, publicado un año antes, o que las prohibiciones de libros de la Sorbona.
Los Índices prohibitivos no supusieron dificultad alguna para el desarrollo y cultivo intelectual español. Como dice Menéndez Pelayo: “cien veces lo he leído por mis ojos y, sin embargo, no me acabo de convencer de que se acuse a la Inquisición de haber puesto trabas al movimeinto filosófico y habernos aislado de la cultura europea. Abro los Índices y no encuentro en ellos ningún filósofo de la Antigüedad, ninguno de la Edad Media, ni cristiano, ni árabe, ni judío …; llego al XVI y hallo que los españoles podían leer todos los tratados de Pomponazzi, incluso el que escribió contra la inmortalidad del alma, sólo se le prohíbe el De incantationibus, y podían leerse casi íntegros a casi todos los filósofos del Renacimiento italiano: a Marsilio Ficino, a Nizolio, a Campanella, a Telesio, ¿Qué más? Aunque parezca increíble, el nombre de Giordano Bruno no está en ninguno de nuestros Índices, cono no está Galileo (sí en el Romano), ni el de Descartes, ni Leibinitz, ni, lo que es más peregrino, el de Tomás Hobbes, ni Benito Espinosa; y sólo con insignificantes enmiendas Bacon … pues aún es mayor falsedad y calumnia más notoria lo que se dice de las ciencias exactas, físicas y naturales. Ni la Inquisición persiguió a ninguno de sus cultivadores, ni prohibió jamás una sola línea de Copérnico, Galileo o Newton. A los Índices me remito ¿Y qué mucho que así fuera, cuando en 1594 todo un consejero de la Inquisición, que llegó luego inquisidor general, D. Juan de Zúñiga, visitó por comisión regia y apostólica los Estudios de Salamanca, y planteó en ellos toda una Facultad de Ciencias matemáticas, como no la poseía entonces ninguna otra Universidad, ordenando que en Astronomía se leyese como texto el libro de Copérnico?”

En la segunda mitad del XVII, según comprobación de Miguel de la Pinta los títulos mandados recoger por la Inquisición en Aragón son, exactamente, veinte y sus autores no son de primera fila: Zarzosa, fray Antonio Sobrino, torremocha, fray Alonso Ortiz de Zaya, Sabunde, Alvaro de Oca, Lazcano, Mariana … francamente esto nunca ha constituído ni podrá constituir el patrimonio de una cultura y de la espiritualidad de un país”.

Podemos concluir que la Inquisición no favoreció el libre desarrllo del pensamiento, incluso es admisible que enrareció el ambiente intelectual, initando la adopción de cómodas posturas conformistas, pero es del todo desproporcionado afirmar que el Santo Oficio pretendía obturar la cabeza de los españoles, procurando ahogar en ellos las fuentes del pensamiento o toda curiosidad intelectual.
El Siglo de Oro no es consecuencia de la Inquisicón pero tampoco lo impidió. Ocurrió al margen de ella.


CLERIOCRACIA Y ODIO AL PUEBLO.
La Inquisicón era un invento de los curas para asegurar su dominio.

Teocracia, clericocracia, etc. son términos polémicos muy posteriores, introducidos por la pugna ideológica del XIX y de los que se ha abusado sin tasa.

Los que crean que la Inquisición era un arma en beneficio de los curas, de la que se servían para asegurar su poder sobre la sociedad olvidan que eran precisamente los sacerdotes, frailes, religiosos y hombres de Iglesia los que más trabajo dieron al Santo Oficio y los que proporcionaron un mayor número de víctimas. Ahí están los hechos.

Lloretne tuvo especial empeño en afirmar que “La Inquisicón era odiosa para el pueblo” para ello escribe una memoria y cita opiniones individuales y manifestaciones de las Cortes de Castilla o Aragón.
Pero hay muchos testimonios literarios, abundantísimos, que dicen lo contrario y totalmente favorables a la institución. Aún a inicios del XIX la Inquisición conservaba bastante popularidad y adhesiones de las masas campesinas españolas.

La crítica ideológica del XVIII tan contraria a la Inquisición sólo afectó a ciertas minorías intelectuales. Cuando en 1812-3 se debatía en las Cortes de Cádiz el proyecto de su abolición un clamor extenso se alzó contra los abolicionistas que lograron únicamente por 30 votos su propósito.
Incluso entre gentes revolucionarias, como el famoso cura de Algeciras: Torrero, liberal y republicano, tuvo defensores. Y la propuesta de erigir unos Tribunales protectores de la Fe que hicieron en las Cortes los abolicionistas, no tenían más función que paliar el descontento general de grande sectores de la opinión.

Tampoco puede afirmarse que tenía una popularidad unánime entre los españoles del XV o XVIII. Sobre el tema cabe decir que: “hay un consenso general entre los hombres de la época al aceptarlo como instrumento eficaz para la defensa de la fe; jpero que esto no impide la oposición circunstancial a las acciones inquisitoriales, como cuando las Cortes de Castilla (1518) se quejan de ciertos excesos, o las aragonesas protestan en materia de bigamia, usura y brujería, etc.
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RAZÓN DE LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA
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