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 RAZÓN DE LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA (y II)

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CAMARADA CAMISA NUEVA
CAMARADA CAMISA NUEVA
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MensajeTema: RAZÓN DE LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA (y II)   Mar 16 Jun - 19:46:35

2ª PARTE:



Con esta entrega acaba la serie, es decir, la obra que resumo aquí para quien interese.

Dejando de lado la polémica sobre el tema y analizada ésta así como los tópicos sobre la Institución del Santo Oficio español, el autor se centra en el Santo Oficio español bajo la luz de la numerosísima documentación histórica. Nada de especulaciones ni emociones, HISTORIA según sus documentos.



RAZÓN DE SER DE LA INQUISCIÓN.


Desmontados los tópicos propagandísticos es hora de analizar las ideas básicas en que se apoya, la razón de ser histórica del Santo Oficio. Nos agraden o no, sean o no anacrónicas hoy, esas ideas tenían plena vigencia y actualidad, incluso innovación, en su tiempo, ello explica la existencia de la institución.

Las ideas básicas son tres. Encadenadas en una lógica que no puede ignorarse si se pretende comprender el suceso. Su desconocimiento es lo que ha enturbiado la visión de este hecho histórico que, independientemente de nuestros afectos, es como tal, una realidad y que alguna razón tendrá para serlo.


1º.- Delito de Herejía:
La primera base es considerar la herejía un mal social. Santo Tomás recogía la opinión corriente de su tiempo cuando afirmaba: “es más grave corromper la fe, vida del alma, que alterar el valor de la moneda que provee al sustento del cuerpo”.
Desde el XII multitud de disposiciones legales (en casi todos los reinos cristianos, europeos) condenan la herejía como un mal social que debe ser reprimido por la autoridad.
La traición a la Religión supuso un desorden de igual forma que hasta hace poco lo era la traición a la Patria. Es posible que dentro de unos siglos en algún mundo internacional o supranacional, parezca monstruoso castigar como crimen la traición a la Patria, pero sería poco inteligente que hombres futuros tuvieran por monstruos a los de ahora, que de acuerdo con la totalidad de sus contemporáneos, castigan dicha traición.

Según Menéndez Pelayo: “el que admite que la herejía es crimen gravísimo … el que rechaza el principio de la tolerancia dogmática, es decir, de la indiferencia entre la verdad y el error, tiene que aceptar forzosamente la punición espiritual y temporal de los herejes, tiene que aceptar la Inquisición

La herejía, per se, no tiene que reprimirse con violencia. Así lo declara San Agustín, San León Magno Papa, San Juan Crisóstomo, San Isidoro de Sevilla, y otros Padres de la Iglesia. De acuerdo con ello en toda la Alta Edad Media no se conocen violencias contra los herejes (excepto casos aislados, de carácter popular, criticados por la Iglesia).
Pero algunos emperadores del Imperio romano introdujeron la doctrina de que la herejía atenta contra el orden social y como corruptora de dicho orden, la autoridad civil debe castigarla. Así Valentiniano I, Teodosio I, etc.

En el XII ocurren dos sucesos que explican esta nueva actitud de las autoridades civiles y eclesiásticas de la Cristiandad ante la herejía:
- recepción del derecho romano, y
- el peligro albigense.
La recepción del derecho romano descubre los antiguos decretos imperiales contra los herejes.
Los albigenses (cátaros y valdenses) se rebelan contra la Iglesia y gravemente contra el Estado proponían una revolución (judaica comunista con eliminación de la propiedad privada, asesinato del disidente, etc.) atentando contra el Estado y la sociedad, desconociendo toda autoridad civil, condenando el matrimonio, admitiendo sucidio, … La conducta de los albigenses fue turbulenta y atentatoria contra la familia, honestidad y orden público.
La sociedad no se cruzó de brazos ante esta revolución judaica subversiva que azotó especialmente el Sur de Francia y los Concilios de Letrán (1179), Verona (1184) admitieron el principio de que la herejía era un daño social que la autoridad civil debía reprimir.


2º.- El Castigo del Delito:
Si la herejía es delito es punible. Si además es un mal máximo es lógico imponer las máximas penas para castigarlo. En la época estas eran deslinguación y hoguera, prisión perpetua y confiscación total de bienes, y así se aplican desde fines del XII.

El Concilio de Letrán admite que los príncipes seculares ataquen la herejía como perturbación del orden público pero prohíbe a los clérigos tomar parte en castigos sangrientos.
El Sínodo de 1184 dispone que sea el brazo secular el que castigue a los herejes. Y el Papa Lucio III sienta el principio de que los obispos no deben contentarse con una pasiva recepción de las denuncias, tienen que tomar iniciativa para descubrir la herejía. Es decir, la inquisitio (investigación).

La pena máxima para el hereje nace siglos antes que la Inquisición, Uno de los primeros en legislar pena de muerte para los herejes es el conde Ramón V de Toulouse (fines XII), le sigue Pedro II de Aragón (1179) ambos muy próximos a las herejías albigenses.
Federico II (1220) desencadena en el Imperio una ofensiva exterminadora contra los herejes, y en 1224 impone la hoguera para ellos.
Alfonso X en Las Partidas traslada igual pena al derecho positivo de Castilla al igual que su coétaneo Luis IX en Francia, el castigo se ha generalizado.


3º.- ¿Quién Debe Señalar y Quién Debe Castigar el Delito?:
Reconocida la autoridad civil como competente para castigar la herejía no se le reconoce adecuada para investigarla, esto requiere un tribunal eclesiástico, el único técnicamente capacitado para el delito propuesto.
El Papa Gregorio IX acepta como un hecho la práctica común en toda la Cristiandad del castigo a la herejía por la autoridad civil pero queda reservada a la Iglesia la facultad de indagar y discriminar el delito evitando el abuso en que necesariametne caerían los tribunales civiles incompetentes en materia teológica.

Así la autoridad civil impone castigo tras veredicto de culpabilidad del jurado eclesiástico. Inicialmente son los tribunales episcopales los encargados de perseguir la herejía, pero pronto se introdujo la práctica de que funcionaran otros tribunales junto a los episcopales, la Inquisición a cargo de legados especiales del Pontífice, y se nombró para desempeñar los puestos de jueces inquisitoriales preferentemente a los dominicos (Orden de Predicadores de Santo Domingo de Gumán) y dos dominicos distinguidos: San Raimundo de Peñafort y Nicolás Eymerich nos dejaron los primeros manuales o guías del ejercicio de la Inquisición.

Así nace un tribunal especial, singularmente capacitado para proteger a la sociedad contra la herejía, así son los orígenes y fundamento de la Inquisición medieval de la que España recogería los principios fundamentales.




HACIENDO HISTORIA : EL ESTABLECIMIENTO DE LA INQUISICIÓN.


La Inquisición española nace en un ambiente enrarecido por la trascendencia social del problema religioso planteado por la diversidad de confesiones en el seno de una comunidad política que estaba a punto de transformarse en una forma moderna de Estado.



EL PROBLEMA MARRANO.


Durante el XIV despierta entre los cristianos de Castilla un furioso antihebraísmo que fue una realidad evidente y que exigió la intervención real en repetidas ocasiones para contener los desmanes populares contra los judíos. Eran frecuentes los tumultos y linchamiento de hebreos, para escapar a la persecución gran número de israelitas reciben el bautismo, surgen así los conversos o cristianos nuevos. Generalmente la conversión es fingida y conservan en secreto la fe y ritos judíos.
Los judíos asediaban a los conversos recientes para judeizarlos nuevamente y dentro de la sociedad y del clero cristiano se forma una quinta columna, cristianos en apariencia que se conjuran para destruir la Iglesia y el orden social. Es un cuerpo extraño que la experiencia ha demostrado que no son asimilables aún conviviendo durante siglos dentro de otras sociedades, practicando sus ritos y costumbres, siguen, en secreto fieles a los suyos y actuando, de facto, como elementos de una potencia exterior interviniendo y fomentando todas las herejías, subversiones, agitaciones y todo tipo de movimientos contra la sociedad, la religión, el estado y el orden establecido.

Los cristianos viejos y algunos sinceramente convertidos temen el proseletismo israelita.
En 1459 fray Alosno de Espinosa denuncia el problema judío, que conocía bien pues era de esa ascendencia, en su Fortaleza de la Fe. Y casi todos los cronistas hablan de conversiones masivas en XIV y XV, conversiones violentas y falsas. Era un problema grave y real.
Enrique IV decreta una inquisición general en Castilla para comprobarlo pero el estado de anarquía impidió culminarla. Pero las matanzas populares de judíos se recrudecen en Toledo 1467, Córdoba 1473, …
Se acusa a los judíos de crimenes horrendos (robos sacrílegos, asesinatos rituales preferentemente de niños, conventículos secretos, sociedades secretas, …) de esa época son el robo sacrílego de Segovia, crimen de Sepúlveda (1468) cuyo juicio implicó a 16 marranos confesos y convictos de martirizar a un niño cristiano.
Años después otro sonado crimen ritual, el caso del Niño de la Guardia …
No podemos dar por error un crimen sólo porque parezca increíble (y recoerdemos que hay ritos satánicos también hoy en día, además de que textos “sagrados” judíos preconizan esos actos, también pudieron ser actos de venganza contra progroms cristianos, si hubo intolerancia de un lado también la hubo de otro).

En resumen, por encima de todo el hecho objetivo e histórico es que estos procesos contra marranos fueron repetidos, públicos y normales, solventados según las normas procesales y jurídicas ordinarias, repercutiendo en el ánimo popular y en el gobierno. TODOS creyeron y dieron por cierto lo que allí se probaba.

Durante la estancia de la reina Isabel en Sevilla (1477) fray Alonso de Hojeda, apoyado por el nuncio pontificio Nicolás Franco, y el inquisidor siciliano, Felipe Barberi, instó en pro de la creación de un tribunal inquisitorial (conocido ya en Europa) para afrontar el problema de los marranos en España.

El problema marrano no es baladí, implica múltiples factores además del temor general a los efectos disolventes de la quinta columna en la sociedad y clero. Los judíos ejercen el control financiero del país. Los conversos detentan altos cargos en la Iglesia y Estado. Los marranos entroncan con familias de rancio linaje y vieja aristocracia, las familias más poderosas son de marranos, en Castilla y Aragón los Arias Dávila; los Torrero; los Santángel; Caballería; Santa Fe; Santamaría; Cruillas; Cabra, etc.

Muchos promotores de la Inquisición descendían de marranos: fray Alonso de Espinosa, Torquemada, …
Nunca hubo fobia racial, la aversión a los judíos era estrictamente RELIGIOSA. Y consecuencia, derivada, de sus actividades.
La infiltración judía en la sociedad y clero medieval está mal estudiado aún hoy, pero tiene una gran complejidad y no basta una ligera opinión para solventarlo.



SE INICIA LA INQUISICIÓN.


Fue el temor a la apostasía de los marranos lo que decide el establecimiento del Santo Oficio en España. El Jueves Santo de 1478 se descubre, Sevilla, otro conventículo secreto de judaizantes, y los reyes, al fin, recaban al Papa, licencia para instaurar una nueva Inquisición en España.
Aún tardó más de ocho años en funcionar.

Los conversos españoles hicieron llegar sus quejas a Roma contra la Inquisición pero los Reyes Católicos se mantuvieron firmes y que no se diera crédito a los conversos que con ardides en Roma trataban de impedirlo.

Torquemada ha pasado por ser el artífice de la Inquisición española, así lo afirman Llorente, Sabatini, Lea y otros. No hay tal ni hay una sola prueba ni el más ligero indicio de ello. Otra cosa es que una vez llegado a inquisidor general él haya organizado definitivamente la institución, en virtud de la serie de Instrucciones que redactó (1484 a 1498) que fijaron el reglamento de las actuaciones del Santo Oficio.
Era un hombre riguroso, pero no perseguidor implacable, ferviente, no inhumano, así lo describen sus Instrucciones. Su biografía está por hacerse las que circulan por ahí huelen a sangre de laboratorio con la que han querido teñirle los detractores sin pruebas fehacientes para ello.
La jurisdicción de Torquemada se extendía a Aragón y allí la introdujo contra grandes resistencias, el poder de los nobles conversos, muy numerosos, era muy fuerte.



TERRORISMO JUDAIZANTE.


Los marranos opusieron a los primeros pasos de la Inquisición toda clase de resistencia de la que eran capaces, cubierta y encubierta, directa e indirecta, legal y criminal. Urdieron intrigas en Roma, movilizaron a la nobleza marrana contra la institución, se ampararon en magistrados locales (Teruel), sobornaron con dádivas a los reyes, y recurrieron, también al terror.
La primera conjuracion terrorista fue descubierta en Sevilla (1481) la dirigía Diego Susán con gente principal (entre ellos dos caballeros veinticuatro de la ciudad, concejales).
En Toledo se abortó otra conjura que pretendían estallar el 2 de junio 1485 (día del Corpus).
Pero el suceso más sonado y la víctima más famosa fue el asesinato del inquisidor de Aragón, Pedro de Arbués. (14 de septiembre de 1485) que caía asesinado en la misma catedral de Zaragoza, los promotores huyeron pero los ejecutores materiales fueron ajusticiados.
La oposición a la Inquisicón, legal, con ardides o terrorismo, aumentó el rigor de ésta aunque una vez asentada su actividad se dulcificó. Ya en 1494 sus procesos son más clementes, trato más dulcificado y menos sentencias que además son menos rigurosas.


¿CÓMO FUNCIONABA?
La organización primitiva quedó perfilada por la Asamblea de inquisidores de Sevilla (1484), de allí salieron las primeras Instrucciones. Luego otras Asambleas (1485, 1488 con más Instrucciones, Ávila 1498).
Deza, sucesor de Torquemada, promulga las Instrucciones de Sevilla (1500), Medina Campo (1504), Cisneros (Madrid 1516).
Los inquisidores generales de Aragón, Enguenza y Mercader dictaron otras tres series, todas recopiladas por orden de Alonso Manrique. Luego Fernando Valdés revisa el reglamento anterior y saca (Toledo, 1561) el estatuo reglamentario que sólo sufrirá alguna corrección parcial.


ORGANIZACIÓN.
Al frente estaban el inquisidor general y un Consejo de la Suprema, los cargos de inquisidor general y presidente del Consejo recaen en la misma persona que es nombrada por el rey de hecho (no de derecho). El inquisidor general reunía facultades canónicas omnímodas, delegadas del Papa.
El Consejo tenía seis miembros, dos del Consejo de Castilla y uno, necesariamente designado, entre teólogos de la Orden de Santo Domingo.
Hubo una centralización que terminó en 1647 en que todas las sentencias de los tribunales eran sometidas para su confirmación. Hasta esa fecha sólo conocía Apelaciones.
Como tribunal eclesiástico el jefe supremo del Santo Oficio era el Papa. Pero sólo en tres ocasiones, una por siglo, el Pontífice recabó para sí la decisión suprema:
- proceso de Bartolomé de Carranza (XVI),
- proceso de Jerónimo de Villanueva (XVII), y
- proceso de José Fernández del Toro (XVIII).

El carácter mixto (eclesiástico-civil) de la jurisdicción desorienta un poco.
A Hefele le pareció una institución estatal y los inquisidores simples funcionarios (designados por monarca y pagados por el Estado). Además las disposiciones inquisitoriales se publicaban “en nombre del rey”, literalmente: “mandan sus Altezas”, “Su Majestad Manda ...” etc.
Pero la autoridad que la crea y en virtud de la que funciona es la pontificia y los asuntos que le competían eran de índole eclesiástica, los nombramientos reales eran en virtud de la jurisdicción delegada recibida del Papa, y las disposiciones inquisitoriales publicadas en nombre del rey afectaban, exclusivamente, al orden civil, sin invadir ni disputar la competencia eclesiástica.

En resumen era una jurisdicción mixta y un tribunal autónomo. Tribunal eclesiástico (autoridad y competencia), civil (delegación regia y castigos que estaba facultado a imponer).

Había trece tribunales permanentes: Toledo (procedente de Ciudad Real), Valladolid, Sevilla, Granada (procedente de Jaén), Córdoba, Llerena, Murcia, Cuenca, Santiago Compostela, Logroño (procedente de Calahorra), Zaragoza, Barcelona y Santa Cruz Tenerife.
En el XVIII se fija en Madrid la sede de otro.
Fuera de la metrópoli estaban: Méjico, Lima, Plaermo (Sicilia), y Sacer (Cerdeña).
Cada uno con dos o tres jueces inquisidores, un promotor fiscal, varios escribanos o secretarios, calificadores (peritos ayudantes en las pruebas, especialmente examen de libros y doctrinas), funcionarios auxiliares: capellán, médicos, alguaciles, alcaides, porteros, barberos y receptores (multas y confiscaciones).
Había tribunales volantes, temporales que se establecían en otras localidades.

La Inquisición reunía una doble función: judicial y policíaca. No era un tribunal ordinario sino especial pues aspiraba al castigo de la culpa (por el daño social ocasionado) como a procurar la salvación del alma del reo mediante el reconocimiento de su error.
La función policíaca anexa era indispensable para ser eficaz pues ni el poder eclesiástico, ni el civil, disponían de policía organizada.


PROCEDIMIENTO.
La Inquisición reclamaba para sí el derecho a iniciar las investigaciones en los posibles casos de herejía y la española aporta una mejora técnica, la discriminación entre el oficio de acusador y el de juez, así como la defensa profesional con abogados, novedad muy reseñable en la época.

El procedimiento se basaba en la inquisitio (directa) y en la accusatio (recepción denuncia). Todos los años los inqusidores estaban obligados a girar una visita a su territorio (inquisitio de oficio). Consistía en publicar, por medio del “edicto de fe” un minucioso cuestionario sobre las costumbres ordinarias y ejercicios religiosos para descubrir usos judíos y moros, doctrinas iluministas o protestantes, prácticas de brujería y supersticiones.
Algunas veces los signos externos anunciados en el acto de fe servían de base a una denuncia y aunque hoy pueden parecer pueriles (dejar de trabajar en sábado, por ejemplo) en otros tiempos tenía su significado. En todo caso no hay ningún indicio de que se incoara expediente por una de tales “peculiaridades” de no haber otras pruebas.

Todo cristiano estaba capacitado para denunciar y era compelido, en conciencia, a hacerlo. Como gente sencilla o rencorosa podía formular acusaciones no se hacía caso en absoluto de denuncias anónimas (que por cierto eran escasísimas) y el castigo por falso testimonio era el equivalente al aplicable de ser cierta la acusación.
Sólo cuando se acumulaban varias denuncias distintas y el tribunal tenía indicios ciertos contra el reo, comenzaba su acción.

Ya las Instrucciones de 1498 (también las anteriores) exigían que no podía detenerse a nadie sin pruebas suficientes (si bien al iniciarse su actividad hubo algún abuso y algún inquisidor fue depuesto por ello, no era ese el espíritu de la institución).

Tras la acusación aceptada por el tribunal se prendía al reo denunciado y se le sometía a prisión preventiva. Una vez procesado el reo no se le notificaba la índole de la acusación hasta haber sido sometido a interrogatorio e invitarle a confesar espontáneamente.
No hay razón alguna para denunciar hipocresía en los interrogatorios y el uso de agentes provocadores para obtener declaraciones de los prisioneros, en las cárceles, es normal incluso hoy en día.

El procedimiento era lento y secreto, secretos los nombres de los delatores y testigos (que no anónimos y bajo penas en caso de falso testimonio).
La razón del secreto se lee en las Instrucciones de 1484 (nº 16) en que dice: “de la publicidad de los nombres y personas de los testigos que deponen sobre el dicho delito se les podía recrescer graves daños y peligro en sus personas y bienes delos dichos testigos, según que por experiencia ha parescido y paresce que algunos son muertos y feridos y maltratados por parte de los herejes …, por razón del gran daño y peligro, los inquisidores pueden no publicar los nombres y personas de los testigos”
En carta de Cisneros a Carlos V (1516) se cuenta haber sido asesinado un testigo que depuso contra un judío rico.
“si se da lugar a que se publiquen los testigos, no sólo en la soledad (lugar apartado), sino en la misma plaza y aún en la iglesia, darán (los denunciados o sus amigos) muerte a un testigo” y añade: “ninguno querrá delatar con peligro de su vida, con que el tribunal queda perdido y la causa de Dios sin quien la defienda”.
Este secreto procesal no es novedad inquisitorial alguno pues los tribunales ordinarios lo usaban por iguales razones de seguridad para los testigos si se temían represalias. Muy similar a un programa actual de protección de testigos (¿lo copiaron de la Inquisición? y necesario al intentar juzgar a gentes tan poderosas, inmensamente ricas y con cargos elevados).

Cuando el fiscal tenía preparadas las pruebas se verificaba la audiencia para dar lectura a la acusación. Inmediatamente comenzaba la actuación de la defensa. El acusado disponía de un abogado (por lo menos) nombrado de oficio pero el reo podía recusarle y pedir se le designara otro.
Aunque los abogados procedían de oficio los múltiples procesos estudiados muestran, sin excepción, el celo y solicitud e interés de los mismos por sus patrocinados (ejemplo Doctor Navarro en el espinoso caso de Barlolomé Carranza) y la Inquisición trajo la novedad procesal de poder recusar (con causa suficiente) al propio juez y apelar al inquisidor general.
También se conservan testimonios de numerosas defensas valientes y decididas (pese a ser abogado católico y el reo protestante, judío, moro o hereje).
La defensa disponía de varios medios:
· declaraciones orales o escritas del acusado.
· uno o más abogados.
· testigos de descargo.
Si bien había deficiencias técnicas no eran ni de lejos superiores a las de cualquier tribunal ordinario de la época en cualquier país de Europa.

Escuchada la acusación fiscal y la defensa se pasaba a la prueba oral y ratificación de testigos. En ocasiones la prueba se demoraba meses, salvo algún caso aislado, muy excepcional, no se ha podido comprobar que hubiera intención del tribunal de retener el proceso.
Para la prueba se recurría, según costumbre de los tribunales de la época, a la tortura pero no en todos los casos ni mucho menos. El tormento sólo se aplicaba en tres casos:
- existir contradicciones en la declaración del acusado,
- negar la intención herética tras reconocer su herejía, y
- hacer solamente confesión parcial.
Es decir cuando la prueba no quedaba clara.

Tras la prueba la sentencia. En ocasiones el hereje reconocía su culpa durante el proceso, antes de la sentencia, en esos casos se le admitía a reconciliación con algunas penas o castigos (multas, peregrinaciones, oraciones, o algo más graves, nunca la pena capital. Es decir, ésta, la pena máxima era casi voluntaria para el que no quería reconocer su error).

La sentencia exigía la unanimidad de los jueces y la aprobación del ordinario de la diócesis o de su delegado en el tribunal.
Podía ser absolutoria o condenatoria. Además de la absolución plena había una absolución ad cautelam para casos dudosos (herejía no probada por ejemplo).
En los casos leves la sentencia condenatoria se pronunciaba en privado, en los graves se hacía ceremonia pública del auto de fe, ceremonia cívicoreligiosa que publicaba solemnemente las sentencias pero en ellas NO se ejecutaba la sentencia que lo haría luego el brazo secular.
Es decir, el cliché tan manido de autos de fe con sentencias de muerte y hogueras es una falsedad no históricas. Eran las autoridades civiles las que más tarde disponían (normalmente en las afueras) el quemadero donde se hacía la ejecución.

El auto de fe (de ahí el nombre) era una manifestación pública de fe por parte de todo el pueblo, con ocasión de las sentencias importantes y se celebraban procesiones y sermones.

Las penas solían ser meras penitencias espirituales o físicas (ayunos, peregrinaciones, destierros, uso sambenito (prenda de ropa distintiva), prisión, arresto domiciliario, etc.).
Los condenados a muerte eran relajados (entregados al brazo secular) y generalmente confiscados sus bienes.
Siempre era la autoridad civil la que ejecutaba las sentencias inquisitoriales, los herejes eran quemados (muchas veces solo la efigie) por el Estado, no por la Inquisición que tenía la responsabilidad moral de la pena.
La sentencia de relajación era una CONDENA DE MUERTE y el inquisidor lo sabía sobradamente.

La relajación al brazo secular (pena de muerte) se aplicaba en los siguientes casos:
1º.- herejes contumaces que se negaban al retracto.
2º.- a los que se negaban a reconocer el error que había sido probado.
3º.- los reincidentes.
Sólo los del primer caso eran quemados vivos (muerte por asfixia) los otros eran agarrotados siendo sus cuerpos luego incinerados en la hoguera.

Enemigos declarados de la Inquisición como el protestante Shäfer que la estudió largamente (especialmente casos de protestantes españoles) dice: “es imposible negar a la Inquisición … el deseo de un proceder formal justo; y la afirmación de que el Santo Oficio era invariablemente injusto con los acusados sólo puede obedecer a ignorancia o al voluntario desconocimiento de los hechos, o al ODIO Y FANATISMO ANTIINQUISITORIAL como ocurre en la mayoría de escritores que han tratado sobre la materia”.



COMPETENCIA: JUDAIZANTES, MORISCOS, ALUMBRADOS, PROTESTANTES, BRUJERÍA.
La Inquisición era competente en los delitos contra la fe y en algunos delitos canónicociviles.
Los delitos contra la fe provenían de falsos conversos (marranos, judaizantes y moriscos) o de la contaminación herética del pueblo (protestantes, desviaciones no ortodoxas, iluminismo, propaganda anticristiana, residuos de paganismo, magias y hechicerías).
Delitos canónicociviles en que entendía la Inquisición eran: bigamia (error doctrinal sobre matrimonio de influencia musulmana), solicitación en el confesionario.

Fue la cuestión marrana motivó el nacimiento y establecimiento de la Inquisición. Tras la expulsión de 1492 (similar y posterior a las anteriores del resto de Europa) los israelitas tenían que abandonar el territorio o bautizarse.
Tras el XVI disminuyen mucho las denuncias de judaizantes, el judaísmo había sido extirpado o se había hecho más secreto (que es lo más probable como mostró la Historia posterior).
Tras 1580 (conquista de Portugal) hay una nueva inmigración judía desde este país cuya inquisición era más rigurosa que la española.
Por tanto tras el XVI la Inquisición se centra más en problemas de iluminismo, erasmsitas y protestantes.
Los alumbrados (iluminados) carecían de cuerpo doctrinal uniforme era una tendencia de actitud mística, anterior al luteranismo, sin parentesco con las revoluciones religiosas (promovidas por judíos, igual que todas las herejías, auténticas revoluciones subversivas, que conmoverían a Europa sumiéndola en baños de sangre).

Dentro de los alumbrados la “mística del recogimiento” floreció entre franciscanos reformados y no fue objeto de persecución.
En cambio la seudomística del “abandono” con una doctrina de impecabilidad para los “dejados al amor de Dios” implicaba una ética peligrosa rodeada de excesos sexuales e inmoralidades de todo tipo, emparentada, en cierta forma, con la ética luterana. En 1524 inició la Inquisicón su persecución especialmente Ciudad Real-Toledo. Los principales inculpados eran religiosos y eclesiásticos (fray Francisco Ortiz, Pedro Ruiz de Alcaraz) algunas beatas, ciertos conventos de monjas y gente importante (obispo Juan de Cazalla) y tenían protección de ciertos aristócratas, prendía rápido entre los conversos recientes. Casi en su totalidad todos los implicados (y nombrados antes) eran de ascendencia hebrea (marranos).
En el famoso caso de los alumbrados de Toledo que entendió la Inquisición no hubo ninguna relajación ni se impusieron castigos muy graves.
En el XVI hubo varios procesos notables de alumbrados. Así en 1540 Magdalena de la Cruz, monja que inspiraba gran devoción y había falsificado y simulado en su cuerpo los estigmas de la Pasión del Señor.
En el XVII en Llerena, población casi exclusiva de cristianos nuevos (marranos).
En el XVIII aún había casos de iluminismo (englobando todos los casos de desviación seudomística).

Antes de 1525 el erasmismo había tenido gran acogida en España, entre núcleos cortesanos, burguesía de las ciudades, grupos selectos de clérigos en las Universidades (Salamanca, Alcalá, …).
El Arzobispo de Toledo (Alonso Fonseca) y hasta el inquisidor general (Alonso Manrique) eran erasmistas decididos. Pero tras la publicación (1524) de la publicación en castellano del Enchiridion de Erasmo que tuvo gran difusión surgieron fuertes oposiciones y en 1527 se convoca la conferencia de Valladolid para contener esta marea antierasmista. Carlos V protege a Erasmo y sobre 1530 alcanza el apogeo el erasmismo español. Luego de 1530 empieza el reflujo del erasmismo en toda Europa, combatido en la corte imperial por el nuncio Alejandro, se publica la Determinatio de la Sorbona y la Universidad de Lovaina se pronuncia también contra él. En España sus adhesiones retroceden pese a la protección del inquisidor Manrique.

El Índice de 1551 contiene varias de sus obras, pero en 1558 y 1563 ocurren dos hechos que deciden la suerte del erasmismo.
- la muerte de su protector el Emperador Carlos V, y
- la clausura del Concilio de Trento,

La hora de Erasmo había concluido. El Concilio había afirmado el dogma y tomado medidas para una Reforma (esta vez católica) de la Iglesia, el erasmismo ya no era lícito y desaparece porque tras el Concilio su corriente reformadora de la espiritualidad católica carece de objeto.


Desde 1557 la Inquisición arrecia en defensa de la ortodoxia ante la avalancha de las imprentas calvinistas extranjeras, (Calvino era un judío, marrano) preferentemente enfocada contra el clero y la aristocracia. En Sevilla se comprometieron 129 entre ellos el doctor Juan Egidio canónigo y obispo electo de Tortosa, el doctro Constantino Ponce de León, también canónigo sevillano y famoso predicador que acompañara al emperador, los jerónimos del monasterio de San Isidro, nobles y gente principal.
Hay que hacer un castigo ejemplar, tanto mayor cuanto más altos son los comprometidos. Sólo así será eficaz. Y el protestantismo de Sevilla fue liquidado en cuatro autos de fe (1559-62) con 44 relajados, 18 quemados en efigie y muchos castigos menores).
El grupo de Valladolid que tenía ramificaciones en las comarcas cercanas (Salamanca, Toro, Palencia y Logroño) comprendió 55 encartados, también con personajes destacados (muchos judíos).
Dos autos de fe (1559) co 25 relajados y 29 castigados eliminaron el problema.

Esta enérgica, breve y eficaz réplica inquisitorial atajó e impidió que estos fuertes núcleos protestantes se transformaran en verdaderas comunidades protestantes, como sucedió en Francia con las funestas consecuencas que de ello derivó.


Los moriscos (tornadizos en Aragón) fueron siempre un problema insoluble a la política del Estado y la Inquisicón. La cuestión era que aquella masa de gentes rústicas era culturalmente inasimilables para la incipiente nación española.

El primer capitán genral de la Granada cristiana (conde de Tedilla) y el primer arzobispo de la ex capital mora (fray Hernando de Talavera) propugnaron una política de asimilación basada en los modos suaves (matrimonios mixtos, evangelización metódica, etc.) pero no hubo resultados positivos tangibles, ante ello Cisneros se impacientó e impuso una política violenta (desprestigio mahometanismo, quema libros coránicos, conversiones semiforzosas, …) con resultados nefastos de sublevación armada.

La sublevación armada cancelaba las obligaciones contraídas en las capitulaciones de rendición de Granada (1492) y Cisneros obtuvo (1502) edicto de expulsión para todos los musulmanes de Granada y Castilla (para Aragón 1534) para los que no se bautizaran, lo que hicieron pero de forma insincera, pero al tomar aguas bautismales entraban bajo jurisdicción inquisitorial que no llegó a Granada hasta 1526. Una vez establecida nunca tomó medidas graves contra aquellas infelices gentes, que pese a su aparente cristianismo, conservaban íntegra su fe y costumbres antiguas.

La Inquisición actuó más dulcemente aún en la práctica, su objetivo no era lograr una conversión sino crear el marco propicio para un apostolado cristiano. Así, sabiendo que los moriscos seguían su antigua fe bajo apariencia cristiana, se realizaron sucesivos esfuerzos de catequización, enseñanza, prédicas y convivencia con cristianos viejos y matrimonios mixtos (conducta apoyada por el inquisidor Valdés).

Todo inútil, las comunidades moriscas eran inasimilables y frecuentaban el trato con piratas berberiscos actuando de espías para ellos que hostigaban las costas del Mediterráneo y participaban en conspiraciones como la de Zaragoza (1581) y se relacionan con potencias extranjeras enemigas declaradas de España (por ejemplo con Laforet a inicios XVI) eran realmente enemigos de la seguridad del Estado.
Y el problema era de tal envergadura que trascendió los límites de la propia Inquisición dejando un único camino: la expulsión (decretada por Felipe III).


Durante XVI y XVII abundaron los casos de hechicería en que intervino la Inquisición. Hay que reconocerle un tacto prudente y una gestión eficaz.
Desde el XV había aumentado notablemente la brujería por toda Europa, en España la zona pirenaica estuvo especialmente atacada: País Vasco, Navarra y Logroño se llenaron de brujos. De ellos se decían barbaridades (asesinato niños, chupaban sangre, ritos macabros, …) la Inquisicón nombró una comisión que emitió dictamen en el que declaraba que los supuestos asesinatos no estaban probados ni siquiera parecían probables pero quedó probada la ignorancia de la gente sencilla por lo que se enviaron predicadores y se dictaron instrucciones especiales: erigir una capilla allá donde las brujas se reunían para sus aquelarres, tratar con indulgencia a las hechiceras reconciliándolas con penas leves y castigos pecuniarios.

El único auto de fe importante por brujería, magia y superstición fue el de Logroño (1610) al descubrise en la región guipuzcoana y Navarra-Rioja una amplia organización que se entregaba a aquelarres oscenos, blasfemos y sacrilegios.
En el resto de España la brujería no alcanzó cotas significativas. Pero en el resto de Europa (Alemania, Inglaterra y Francia) se condenaron a muerte a miles de brujas y hechiceros entre XVI y XVII, en España la Inquisicón prácticamente sin ningún castigo grave refrenó los actos casi totalmente.

Según Segastián Cirac Estopiñán (estudioso de los procesos por brujería inquisitoriales de los tribunales de Toledo y Cuenca) cometna: “durante todos los siglos de la Inquisición, en toda Castilla la Nueva no murió ni una sola persona acusada por tal delito en los tribunales del Santo Oficio, y los procesos instruidos fueron tan escasos, y eso por presión de las gentes y otros tribunales, que se llegaría a creer que el buen sentido, desterrado de Europa, se había refugiado en aquellos inquisidores castellanos”.



ABOLICIÓN DEL SANTO OFICIO.

La eficaz Inquisición del inicio hizo que al llegar al XVIII careciera de objetivo. A finales del XVIII muchos la consideran anacrónica, innecesaria e intolerable para las ideas de aquel tiempo. Y es que las instituciones o poderes que tienen su razón de ser pueden con el paso del tiempo (breve o rápido) modificar las circunstancias pues no debemos olvidar que en la Historia todas las creaciones humanas son circunstanciales.


SIGLO XVIII.
A estas alturas el número e importancia de los procesos inquisitoriales es mínimo, el mismo Llorente, gran enemigo de la institución, reduce a 14 los rebajados (penas muerte) entre 1744 y 1808 por cualquier causa entre todos los tribunales.
El grueso de causas son monjas y beatas milagreras, bigamias, y casi ya no hay casos de judaizantes (con la experiencia aumentaron su secreto y organización camuflándose en el entorno haciéndolos casi indetectables, además su riqueza y puestos de poder les dan, o les permite comprar, buena cobertura).
Sigue habiendo algún caso de iluminismo y molinosismo, pero su número es cada vez menor. El único sonado el caso de José Fernández Toro, obispo Oviedo, causa reclamada por Roma y que Clemente XI (1719) reconoce herético y condenado a reclusión de por vida en un monasterio.
La última victoria de la Inquisición es el caso Pablo de Olavide que dirigía la repoblación de Sierra Morena por colonos alemanes, fue denunciado por un fraile alemán (Romualdo de Friburgo) que ejercía entre los colonos, Olavide fue declarado culpable y recluido en Murcia. Fue la última victoria del Santo Oficio, los tiempos cambiaban y el ambiente volteriano se hacía dueño en el XVIII.

Los círculos cortesanos de Carlos III y Carlos IV habían sido ganados por las doctrinas masónicas de la Ilustración muy hostiles al Tribunal. Y a mayor desgracia el afán absolutista y despótico de los Borbones pretendía mediatizar la institución para instrumentalizarla. En 1714 el inquisidor general (cardenal Del Giudice) aún se enfrentaba al desenfrenado regalismo de los 55 artículos de Macanaz y pese a la protección real de que gozaba el jurista Giudice se atrevió a condenarle. Pero con Carlos III el inquisidor general (Manuel Quintano Bonifaz) fue castigado por el rey por osar desafíar su voluntad obedeciendo al Pontífice pero acabó sometiéndose al monarca.

La Inquisición había caído en manos de loshombres del siglo, sus mortales enemigos como el inquisidor general Manuel Abad protector de enemigos de la institución como Llorente.
El ministro Urquijo, volteriano, intentó decretar la suspensión del Santo Oficio y el 5 septiembre (1799) a la muerte de Pío VI, aprovechando el óbito y las intromisiones francesas en la elección del nuevo Papa, publicó un edicto protocismático que no prosperó por la prontitud con que el Cónclave eligió a Pío VII.



SUPRESIÓN DEL SANTO OFICIO.
El inquisidor general (finales XVIII) cardenal Lorenzana mantenía firme la institución contra tanto ataque que venía especialmente de dos sectores:
- los ilustrados, masones y anticristianos
- además la herejía ya no era mal social, el Estado era "indiferente" a la cuestión religiosa.

Los ilustrados cometieron el error de querer usar el descrédito de la Inquisición en su campaña general contra la Iglesia Católica lo que provocó la respuesta defensiva de muchos católicos de buena fe en favor del Tribunal.
Luego se generalizaría la convicción de que la conciencia de los hombres corresponde juzgarla a Dios, no a otros hombres.

La invasión napoleónica también precipitó los acontecimientos. Bonaparte decretó en cuanto se estableció en Madrid la abolición del Santo Oficio (1808), en la zona libre de España (masónicas Cortes de Cádiz) se tomó igual medida.
El 19 marzo (1812) se aprueba la nueva Constitución liberal de la Monarquía y el 8 de diciembre de ese año se presenta un dictamen a Cortes de que la Inquisición es contraria a tal Constitución.
El inquisidor general (Ramón José de Arce) era un afrancesado que había abandonado el cargo y aunque la Junta Central propuso un candidato nunca llegó la Bula papal confirmatoria.



CONCLUSIÓN UN EXAMEN SIN JUICIO.
No se trata aquí de hacer un balance de la Inquisición española, sería establecer un juicio valorativo alejado del objeto histórico. Por eso no caben aquí esas preguntas al uso de si fue beneficiosa o no para España, cuáles eran las cifras (positivas o negativas) de su saldo.
¿fue causa eficiente de la unidad espiritual de España?
¿esta unidad se consiguió con bases sólidas o fue una imposición coectiva?
¿evitó las guerras de religión o las aplazó al XIX?
¿creó clima favorable para desarrollo de la cultura española? ¿la mutiló?
¿saneó la moral social librándola de corrupciones?
¿sin ella hubiera arraigado la morisma o la intenacional judía?

Cualquier contestación a esas y otras cuestiones de ese tipo será, siempre, una especulación en base a futuribles, es decir, el elemento antihistórico por definición.

Dejamos las cuestiones ahí y que cada uno las conteste a su gusto, nos consideramos satisfechos con haber suscitado una imagen humana, real, no deformada arbitrariamente, de la Inquisición. De haberla hecho comprensible racionalmente situándola en el tiempo que se produjo y en las circunstancias que la hicieron posible.
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RAZÓN DE LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA (y II)
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